Alvina nació negra como el carbón y brillante como la luna. Su madre no se cansaba de mirar la belleza de esa niña deseada en un país olvidado: Mozambique. Creció risueña, alegre como el canto de un pájaro y libre en su aldea de chozas de madera y suelo de arena. Pero un día cortaron sus alas. La meningitis le robó hasta el alma y de la noche a la mañana sus risas y sus juegos quedaron desterrados como si hubiera cometido el peor de los pecados.

Pasaron los años y Alvina se hizo mayor con los cuidados de una madre entregada y resignada que cada mañana la cargaba a sus espaldas para llevarla a la Fundación Khanimambo, un centro fundado por Alexia cerca de Chai-Chai.

Alvina jamás había visto ese mar escondido a poco más de un kilómetro de casa. Los castigos no se exhiben, las cosas de demonios se esconden. Existía sin casi existir.

Kike nació blanco como la leche y con la inquietud a cuestas. La búsqueda se convirtió en su constante. Y así fue repartidor de cachitos de felicidad entre quienes otros han decidido que no tienen derecho a conquistarla. Y un día llegó allá, a Mozambique, con Alba, tras otras búsquedas, tras otras sensaciones.  Y la sonrisa de una adolescente inmóvil le atrajo como un imán. Y sintió la necesidad de estar ahí, pegado, también la de separarse para gritar. Para huir. Pero no lo hizo.

Alvina, se llama Alvina, le dijo un cooperante español que organizaba una excursión a la playa con los niños de la Fundación. Nombres en una pizarra verde, para no olvidar a ninguno. Leyó despacio… Nadie había escrito Alvina. Ni Alvina ni Ofelia, otra adolescente con autismo. Demasiados niños para tan pocos cuidadores. Kike y Alba se miraron y sobraron las palabras como en esos momentos en que la sinceridad de unos ojos limpios lo dicen todo.

Alvina no había visto nunca el mar. Y no fue fácil llegar a la playa de Xai-Xai con ella, con una silla de ruedas prestada que no avanzaba. Lentamente, en brazos una, también la otra. ¡Qué hermosa locura ante la derrota del destino! Y el mar se hizo visible. Y Alvina comenzó a reírse y a emitir sonidos nerviosos mientras el viento la envolvía, mientras intentaba cogerlo con una mano. Y Kike pensó que era la hija del viento, y corrió con su silla para que lo acariciara, y giró y giró como una peonza. Aire, más. Y supo que en sus ojos había agradecimiento.  Alvina, lejos de su aislamiento. Alvina, jugando con el viento. Kike, sintiéndose alguien a su lado.

Mozambique acabó como tantas otras cosas que acaban en la vida. Con sus emociones, alegrías, tristezas. Meses después, Kike recibió una llamada cuando paseaba por la playa. La brisa calmó su rabia. Se sentó en la arena y, con Alvina en el recuerdo, escribió su “Gesto eterno”: Ama el viento porque a él ella lo entiende/con él ella anda, viaja/se confiesan, se amenazan, se ríen y se aman…

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