Llegué a la plaza Mayor cuando la banda municipal atacaba un fragmento de “La guerra de las galaxias” y me senté a escuchar aquella música heroica, vibrante y poderosa que nos conectaba con ese aventurero espacial que todos llevamos dentro, como aquel personaje de Woody Allen que decía que después de oír a Wagner le daban ganas de invadir Polonia. Entre las decenas de cabezas erguidas, inmóviles, todas mirando en la misma dirección como girasoles, vi tres boinas. Seguí escuchando la música sin dejar de mirarlas, imaginando que eran naves interestelares camino de la batalla decisiva que había de librarse en la Estrella de la Muerte. En ese momento sentí un ligero malestar, un repentino dolor de tripas que achaqué a las tres berenjenas aliñadas y al largo trago de vino de la bota que acababa de meterme entre pecho y espalda. No debería haber siquiera parado delante de la orza de las berenjenas pero hay veces en que la única forma de vencer a la tentación es cayendo de cabeza en ella. Las berenjenas habían sido uno más de los excesos de un día entero de feria. Pero una feria sin excesos no puede llamarse feria, sería algo incompleto como un amor sin pasión, un jardín sin flores o un hombre sin cuernos.

Empecé a sentirme mal por momentos, tenía escalofríos y náuseas. Levanté la cabeza hacia el cielo estrellado y vi las tres boinas surcándolo majestuosamente en formación de combate. Esta alucinación confirmó que tenía fiebre. Hubo un momento que se me nubló la vista y cuando la recobré vi, entre una espesa niebla de color sepia, los caballitos y las barcas de Pichín y al mismo Pichín y a su señora empujándolas con sus rostros impenetrables de siempre bajo un cartel, el primer cartel publicitario que vi en mi vida  y que decía: “¡Mamá yo quiero montar, ay que bien Seba! ”. Así tal cual, con su falta de ortografía incluida. Me restregué los ojos para sacudirme aquella imagen del pasado y en ese momento vi en la bocacalle el cartelón con la foto de Franco orlado de bombillas blancas encendidas que durante tantos años presidió el recinto ferial, que entonces se reducía a la plaza y a la calle Venancio González. No daba crédito a lo que veía pero todo eso estaba ahí delante de mis ojos.  Me levanté torpemente y pasé bajo el cartel sin dejar de mirarlo camino del Casino de la Concordia. La foto de aquel tío con bigote que miraba fijamente con ojos fríos, astutos e inquisidores estaba por todas partes, en la escuela, en el Ayuntamiento, en el cuartel y en los sueños y pesadillas de cada uno. Yo entonces no sabía todavía qué pensar de él, para una parte de mi familia era el padre de la patria, para la otra, el mayor criminal del siglo. 

La terraza estaba llena de familias endomingadas comiendo aquellas raciones de calamares servidas en platillos ovalados de porcelana. Estaba emocionado, no creí que iba a volver a ver aquellas míticas raciones de cuatro tiras de calamar para ocho personas. Me senté en la mesa donde estaban mis padres con amigos y familiares, cogí un palillo y di cuenta de mi trozo de calamar, un calamar que jamás me sabrá mejor. Los dejé enfrascados en aquellas conversaciones de mayores que tanto me aburrían y volví a la plaza andando despacio, recreándome en las ristras de banderitas de papel y bombillas de colores que colgaban  sobre mi cabeza y lo iluminaban todo como en un sueño. Aquellas tres noches de calles encendidas con decenas de ristras de bombillas eran para mí lo más parecido a un sueño; más que eso, si se tiene en cuenta que el resto del año el pueblo tenía la misma iluminación que el castillo de Drácula. Pasé de nuevo bajo el cartelón de aquel Darth Vader celtibérico, doblé la esquina y me paré frente a la caseta de tiro de Juan Tomás. Cuando quedó un sitio libre en el mostrador, pedí tres plomos y volví a disparar  con una de sus escopetas tísicas cuyo balín de plomo salía tan lento que se veía caer exhausto, humillado y derrotado al pie del palillo que debía romper para ganar un premio que solía ser un mini botellín de whiski, ginebra, ron o vodka o un cigarrillo. Qué mejor premio para un niño que un trago de whiski y un cigarrillo rubio. Dejé la caseta de tiro y me quedé parado delante de la portada del cine. En ese momento había una larga cola de gente delante de la taquilla, algunos llevaban una silla debajo del brazo. Ponían, como era habitual en la feria, una película de Manolo Escobar.

Dejé atrás a los cinéfilos y me paré en el puesto de turrones, peladillas, almendras garrapiñadas, garrotillas y martillos de caramelo de un dulce cansino de regusto amargo como el recuerdo de un amor que no pudo ser. Mis padres solían comprarme uno de aquellos martillos y una pastilla de turrón tan áspero y duro que bien podría haberse usado como material de construcción. Seguí calle abajo donde se alineaban una churrería y una tasca  que al lado de las de ahora parecía un barracón del tercer mundo. Junto a la tasca había una ensordecedora tómbola con un tío cansino subido en una plataforma y armado de un micrófono que no dejaba de dar el tostón con su monótona verborrea: ¡estamos premiando y regalando! ¡venga que nos vamos!. Y no se iba nunca. Al lado estaba el puesto de un moro melancólico de barba y chilaba con su triste mercancía extendida sobre una lona mugrienta. Unos metros más adelante la calle acababa en la explanada de La Molineta. Allí había una carpa con otro cartelón lleno de bombillas como el del Caudillo que ponía “Teatro Xúcar”. A un lado y otro de la entrada había fotos de vedettes metidas en carnes, señoritas y señoras con las caras revocadas de pinturas y polvos, vestidas de plumas, mallas, medias remendadas, lentejuelas, flecos y tacones de vértigo. Aquellas vedettes sin depilar que alzaban el brazo y parecía que llevaban un gato negro en el sobaco eran las estrellas indiscutibles de aquel teatro de variedades, las encargadas de avivar y recargar el deseo sexual de los veteranos matrimonios que seguramente ya andaban necesitando una puesta a punto para hacer frente al tiempo arrasador que todo lo apaga y vuelve mustio, tedioso, mecánico y rutinario. Nunca  se reconocerá la importante labor social que realizaron  aquellas mujeres. En otros países habrían cobrado subvención, pero aquí no, este es un país de desagradecidos y desmemoriados. Yo, por supuesto, no podía verlas pero las imaginaba cantando aquellas canciones picantes y buscándose la vieja pulga de posguerra entre sus generosas anatomías. 

Al lado había un camión cubierto con unas lonas oscuras. Unos altavoces gangosos decían que allí dentro había un maravilloso zoo de gorilas, chimpancés, babuinos, macacos y un sin fin de animales no sólo que jamás habíamos visto sino que muy difícilmente volverían a verse juntos. Dicha así, era una propuesta que no podía rechazar. Me saqué los cinco duros del bolsillo que llevaba cuidadosamente envueltos en el moquero y los miré largo rato. Ese dinero era la paga de toda la feria y pensaba si valdría la pena echar allí aquel dineral. Pensé que no y me lo guardé pero, al igual que ahora, siempre hago lo contrario de lo que pienso y se los di al hombre de la taquilla. El de la entrada levantó un pico de la lona y allí, en la caja del camión, vi a cuatro monos sarnosos cabizbajos y meditabundos en el fondo de sus oscuras, sucias y apestosas jaulas. Inmediatamente volví sobre mis pasos y le dije al de la entrada que no me gustaba aquello y que me devolviera el dinero. El hombre, acostumbrado a aquellas reclamaciones y totalmente inmune a ellas, se recostó contra el camión y se me quedó mirando fijamente con una aterradora sonrisa de dientes amarillentos.   

Entonces sentí una mano apretándome el hombro, abrí los ojos y vi a un amigo, uno de los músicos que llevaba a cuestas su enorme instrumento musical. ¿Tan malo te ha parecido el concierto que te has dormido?, preguntó. No es eso, le dije aturdido y confuso volviendo la cabeza hacía la esquina. Por suerte, el cartelón de “Darth Vader” ya no estaba allí.

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