Medianoche. Mañana el señor Fernández no tendrá que madrugar. Podría pasarse toda la noche bebiendo y arreglando el mundo con los otros animales de la selva urbana acodado a la barra de un bar. Qué felicidad.

“No tiene usted derecho a coger nada de su mesa, le enviaremos sus enseres personales con un mensajero. Deje el teléfono móvil. Por supuesto que no puede volver a acercarse a su ordenador”.

Pasa a diario desde hace más de un lustro, desde que Europa, ah Europa, dejó bien claro que la única solución para la crisis era despedir y despedir. Despiden a la Osa Panda, al Elefante Feliz… y también al señor Fernández. Ni móvil, ni ordenador, ni recoger nada.

“Me habría quedado hasta que me hubiese llegado la edad de jubilación aquí”. Y también se habrían quedado la señorita Osa Panda y el señor Elefante Feliz, que eran simples peones, no alfiles ni caballos ni torres, mucho menos reinas, en la partida del ajedrez laboral.

“No nos es usted rentable, señor Fernández, así que bye”.

Patada en el culo y a correr.

Es duro que otro decida por ti tu futuro, y ya de paso tu presente inmediato. Que te hayas esforzado, luchado, creído que eras alguien –ay desdichado- y que otro decida que ya no le sirves, que no te quiere volver a ver nunca más.

Se alegran los enemigos del señor Fernández. Los gatos y perros y serpientes que en beneficio de los resultados de la empresa despidió el entonces inmortal señor Fernández, cuando era jefe de departamento. Presumía de que jamás le temblaba la mano a la hora de poner a un Pérez o un González en la calle: aunque tuvieran hijos, hipoteca, un abuelo y diez canarias que cuidar.

Se alegran sus enemigos. Donde las dan las toman, chaval. El feo baile de la mezquindad.

“Montaré algo nuevo. Triunfaré y les haré arrepentirse de haberme echado”, sueña el señor Fernández flotando en ginebra rebajada con tónica.

Pero hoy es su noche de obsidiana, la más negra y oscura que ha vivido jamás. Habla a gritos, amenazante; para que no se lo noten las ganas de llorar.

-¡Ayuda!

-¿Ayuda? Tendrás que demostrar que tú solito eres capaz de seguir cuidando de ti. Y si no eres capaz… Bye para siempre. Uno menos. O uno más.

Tigre tigre.

 

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2 Comentarios

  1. ¡Hola Tigre! Qué alegría encontrarte por aquí, descubrir tus pisadas felinas impresas en la hojarasca de la selva en la que solo se adentran los valientes de tu maravilloso y salvaje mundo.

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