Ayer Dulce estaba enferma, tenía la gripe y tuvo que llamar al regidor de la obra que está representando en la actualidad en el teatro Multitarea para que le buscase una sustituta porque francamente no se encontraba con ánimos para subirse al escenario y recitar su largo parlamento luchando contra esa voz ronca y alucinada que se le había puesto. Al principio me alegré. Soy un egoísta y además su gripe era tan pequeña como el corazón de un mirlo -dijo el poético doctor Simplicio Vahído-. Para mí su enfermedad significaba que durante un par de días yo no estaría solo cazando mis cuentos, y alimentándolos con la poca energía que me quedaba pues tenía, tengo, la pretensión, de que cuantos cuentos he cazado para este libro continúen para siempre vivos. Ella estaría en casa conmigo, y me ayudaría a animar al Gigante, a perdonar al Asesino, a despertar las sonrisas de los cuentos que también eran niños. Pero enseguida me dí cuenta de que mis expectativas no eran acertadas, pues Dulce, tras regresar de consultar al doctor Simplicio Vahído, se metió en la cama para dormir y dormir y yo continué tan solo como de costumbre, con el agravante de que la casa parecía haberse contagiado de la enfermedad de Dulce, y así la cocina tiritaba de frío, el salón estornudaba y se le contraía el techo, y hasta mi despacho parecía mustio, incapaz de inspirarme ya ni el más pequeño de los relatos mínimos. Aunque quien peor estaba era el cuarto de baño, encogido sobre sí mismo, melindroso; se he había fundido una de las luces que pendían sobre el espejo, y la bañera engriseció en unas pocas horas, aterrada ante la perspectiva de que le cayese alguna gota de agua helada de la amenazadora boca del grifo. Fue entonces cuando me di cuenta que Dulce es el alma de la casa, de esta casa en la que vivo, aunque pase menos horas que yo entre sus paredes de color amarillo, y que es su alegría -la alegría de Dulce- la que me transmiten el sofá, los armarios, la friegaplatos, o la madera del pasillo.

Hoy Dulce ya está mucho mejor y la casa parece haber recobrado su brío. El salón es una pura sonrisa, basta que entre en la cocina para que se me despierte el apetito y la mesa de mi despacho, que parece mayor que nunca, no cesa de sugerirme, ayudada por los cuadernos amontonados a derecha e izquierda, nuevos temas para mis humildes cuentecitos. Hasta la bañera del cuarto de baño se ha recuperado por completo y cuando después de comer he entrado en sus dominios para lavarme los dientes, me ha pedido que la ayudase a librarse de los últimos restos de gris abriendo al máximo el grifo.

 

 

(Este artilato nació primeramente como relato para el libro en cuya edición trabajan en Haz Milagros Ed en estos momentos: El Año del Cazador. Corresponde al relato o capítulo 234. Las correcciones mínimas sobre el original las ha mecanografiado Ángel Arteaga Balaguer).

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1 Comentario

  1. La felicidad o la tristeza depende muchas veces de la felicidad o tristeza de quienes queremos. Pero es magnífico, y supongo de eso trata este relato o artitalo como lo llaman más abajo, tener el don de colocar el punto de vista sobre que sucede a nuestros próximos donde más nos favorece. Me ha gustado.

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