Fotos: Pablo Carrasco.

El onubense Francisco Silvera, colaborador habitual de Diario16, dispara palabras con tiralíneas. No regala un verbo ni amarrado, aunque prefiere –se nota– el adjetivo preciso al sustantivo vacuo. Y casi siempre apegado a lo cercano y el terruño, ese lugar de donde brota con savia joven este Libro de los Silencios (editado por EDA), hilvanado con el discurrir lento y pausado de un protagonista que ya lo ha vivido todo menos el paraíso al que aspira llegar algún día en paz y sin ambiciones superfluas. Una lectura para degustar bajo la sombra de una higuera al atardecer. Tendido boca arriba, con una hierbecilla entre los dientes y un sombrero de paja. ¿Se puede pedir más? Algunos lo harán, seguro. Quizá algo de Bach como música de fondo, o de Janis Joplin. O el silencio más atronador.

 

Su Libro de los Silencios viene a celebrar casi dos décadas de innumerables trabajos narrativos, sobre todo enfocados a las distancias cortas, el relato breve. ¿Siente alguna evolución en su escritura o todo ha sido una constante?

Nunca he considerado las teorías sobre los estilos, ni siquiera las diferencias entre poesía y prosa; sé qué es el verso, he tenido buenos maestros como el Premio Nacional Antonio Carvajal, pero la Belleza se oculta en el ritmo, sea musicalmente sonoro o narrativamente organizado: Arte. La Literatura es hacer revivir una realidad por medio de palabras en un lector, la complejidad de esta vivencia en esa escritora o ese lector determinará el resultado final… yo sólo intento utilizar aquello que me hace falta entre los recursos disponibles, no hay una premeditación pero sí es verdad que la narración o estampa breve me sirven, me gusta cerrar bien lo que hago y lo breve te permite la orfebrería. Siento una evolución, la natural con la edad: hacia una simplicidad difícil, esto es, que salga natural lo más enrevesado, que en el fondo es la vida misma reflejada en un papel, y eso es escribir auténticamente, creo.

“La pirotecnia sólo sirve para un momento de la fiesta, son la herrería, la carpintería, quienes montan la feria”

 

La tierra, el campo, lo cercano y mínimo… Campos gravitacionales de su temática preferida. ¿Por qué?

Simbólicamente el campo es el cosmos, un cosmos, algo cerrado y ordenado donde cabe situar hechos con un atrezo controlable, como un escenario con todo su aparataje que parece inocente pero puede determinar el éxito de la obra. Lo cíclico, lo estacional, el crecimiento y la descomposición, todo está ahí, las posibilidades literarias son absolutas: pero se multiplica la dificultad, como ocurre con un paisaje pictórico: ¿otra vez un campo?, la mirada del artista debe saber encontrar eso que el espectador no ve pero encuentra en la obra, esa realidad que está, que es y, sin embargo, no es exactamente lo pintado: cualquiera puede esbozar una colina, un valle, cualquiera puede describir hasta la cursilería el olor de una higuera pero ¿el vibrar de la mies en agosto a las cuatro de la tarde en la extrema soledad de un egido? Me encanta el reto, como un dios controlar un mundo y colocar ahí la trama, y eso puede ser el campo, aunque no es mi único fondo narrativo.

Fotos: Pablo Carrasco.

 

Predica con el ejemplo: vive en un pequeño pueblo e imparte clases en un instituto. ¿Se ve mejor la vida desde abajo, en soledad?

A mi parecer, hay algo de estafa en la vida urbana, la gran ciudad es el gran espejismo (comercial) contemporáneo, todo te conduce a ser feliz en ella: actividad, arresponsabilidad respecto de los demás, anonimato, consumo en todas sus modalidades… el campo, los pueblos se vacían porque la urbe ofrece todo lo que podamos desear… Yo lo veo como una huida de la realidad, de hecho la imagen que del campo se transmite nada tiene que ver con su verdad: belleza… y fealdad; vida… y muerte; paz… y crueldad; sexo… y brutalidad; descanso… y labor sin fin: el campo (la costa) es nuestro contexto real en el que nos enfrentamos a lo mejor y lo peor que somos, yo doy clases y a veces el olor a estiércol de caballo y el mosquerío son insoportables, supongo que hay quien prefiere el maravilloso aroma del petróleo refinado… Elegimos criar a nuestros hijos ahí, se han divertido… has visto nacer y morir, la hermosura y la pestilencia de lo corrupto, el entusiasmo y el miedo: me gusta. El campo, no soy un eremita, conste, te enfrenta a ti mismo, a tu miseria y grandeza… es la vida de verdad, lo otro es un sustituto que está destruyendo el planeta para que unos cuantos tarados se laven los bajos en bidés de oro…

“Esa paz, ese silencio es el verdadero personaje del libro”

 

Su estilo es profuso, colorido, rico y variado. Pero, ojo, no regala nunca un adjetivo de más ni se recrea entre laureles en sus descripciones. ¿Tiene el escritor más de herrero o de pirotécnico?

La pirotecnia sólo sirve para un momento de la fiesta, son la herrería, la carpintería, quienes montan la feria… está bien, pero es inextricable la relación entre fondo y forma, quien escribe es un demiurgo que debe controlar las proporciones o creará una realidad defectuosa desde el origen… no se trata de contar, eso se hace entre cafés o copas; no se trata de ingenio, eso es cursilería repelente; se trata de sorprender… y que con unas palabras uno huela algo y no se dé cuenta de que son ¡sólo palabras! Escribir, bien, es difícil; se está perdiendo el arte por dos caminos terroríficos: narrar con lenguaje universal (lo llaman prosa y no lo es) o contar tus experiencias y sentimientos personales (lo llaman poesía y no lo es, frisando además el narcisismo más egolátrico e infantiloide). La literatura española no anda muy bien de salud, salvo excepciones, claro…

 

A través del lento discurrir de Lorenzo por distintos lugares conocidos, los retazos de vida narrados son vistos por un hombre que ya ha vivido. ¿Se puede disfrutar mejor la vida cuando se siente que en cierto modo todo ha pasado ya?

La experiencia es terrible, por un lado te permite rebuscar esas esquinas donde se esconde lo que antes encontrabas por azar… pero se pierde el aliciente. Lorenzo, personaje principal de mis “silencios” tiene una atalaya (en todos los sentidos) que le permite pensar con extrema simplicidad lo que, los demás, complicamos innecesariamente… esa paz, ese silencio es el verdadero personaje del libro…

“La panacea de la ciudad es el consumo, pero eso no evita el fracaso vital”

 

Convenza al lector de esta entrevista de que en la quietud del campo y la naturaleza puede estar la felicidad. Al menos para Lorenzo así es.

No hay otra, es lo que somos; es al revés, ¿cómo podemos llegar a la felicidad en un medio tan hostil como la ciudad? Nada más triste que las barriadas y su regularidad controlada por los salarios, terrorífico visitar las urgencias de los hospitales: ¿no enferman los ricos? El dinero es un medio inevitable, pero no te hace feliz: la panacea de la ciudad es el consumo, pero eso no evita el fracaso vital, en el campo te acercas a lo que de verdad te importa… no te garantiza la felicidad pero, al menos, no te autoengañas con un tatuaje.

 

¿Por qué en esta sociedad hedonista de culto al éxito vacuo se ha olvidado que el verdadero placer emana de lo sencillo?

Porque hundidos entre toneladas de información, en realidad somos mucho más incultos; no leemos para formarnos, el Arte no cumple su función, no pensamos… Se nos enseña a buscar, a movernos, a desear sin fin… Nos olvidamos de la carnalidad de nuestros cuerpos, de la carnalidad de nuestra mente mientras confundimos la espiritualidad con la patraña fantasiosa del alma y dios, la religión es el cáncer del intelecto y supone un lavado de cerebro tan perfecto que es el pegamento, literal (religar), de la vida social… He ahí la respuesta: porque buscamos un más allá, olvidando el acá, simple.

 

Es experto y editor de la obra de un paisano ilustre que basta nombrar por sus siglas para conocerlo: JRJ. ¿Qué le ha aportado a su formación literaria en general y narrativa en concreto?

Juan Ramón Jiménez es el gran intelectual hispánico de los últimos 150 años. Su figura gigante es ineludible, por influjo directo de sus escritos (no conozco a nadie en el mundo literario que no reconozca en algún sentido su influencia) y, para mí, particularmente, como ex-estudioso de su pensamiento, nuestro Nietzsche particular: es el gran teórico de la Ética y la Estética, de la espiritualidad, del Arte, un ateo maravilloso… una figura inmanejable por su envergadura que, de hecho, muere de éxito por, en mi opinión, una mala interpretación de su mundo poético… Pero eso es materia para otra entrevista, y no sé si me arriesgaría, es tan poderoso JRJ que genera una secta en su torno y yo soy un librepensador.

 

Y el periodismo. Es asiduo colaborador de distintos medios, entre ellos Diario16. ¿Escribe en ellos por el puro placer de escribir o para ser oído desde esas atalayas?

Me gusta el artículo literario, que conjuga un mundo de pensamiento asentado (que puede ser rastreado en la obra del autor) con la inmediatez de la reflexión periodística. El artículo me permite una válvula de escape que me obliga a un principio de realismo, al pensamiento pragmático… No sé cómo calcular la audiencia que tengo, temo que mínima, pero es un gusto enorme sentir que has dicho lo que piensas y que hay quien pueda conocerlo y si hay retroalimentación… Placer.

 

¿Tiene una visión conformista de su trabajo como columnista o realmente pretende que su opinión publicada genere opinión pública?

No, ¡escribo desde la verdad absoluta!… Sabiendo que sólo me vale a mí; me gusta más la polémica, la crítica, la meticulosidad en el análisis, yo no soy periodista, soy un comentador externo que ofrece una mirada que busca la diferencia… Sí, generar opinión, pero no corrientes, sino opinión personal, la reacción de una lectora que ve algo que no había visto, ese detalle que agudiza la verdad totalitaria, desmontar, ver las partes, desactivar la coherencia aparente, el molotov contra ese totalitarismo (que suele conformar la realidad simplista)… El artículo de opinión.

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