El número 1071 de la Quinta Avenida, justo enfrente de Central Park, aloja uno de los edificios más extraños de toda la ciudad de Nueva York: la primera sede del Museo Guggengheim, inaugurada en octubre de 1959 diez años después de la muerte de Solomon Guggenheim, su promotor, y seis meses más tarde de la muerte de su arquitecto, Frank Lloyd Wright, que propuso un artefacto consistente en una batería de ascensores que llevan al visitante a la última planta, desde la que parte una rampa que desciende en espiral hasta la calle. O sea: no bien llegas ya te empiezas a marchar. La rampa queda iluminada hábilmente desde arriba. Ni la ciudad de Nueva York ni el Central Park al frente se ven en ningún momento desde que se cruza la puerta de entrada hasta que vuelves a salir. La valiosa colección de arte se convierte en una excusa para una escenografía en la únicamente importa la arquitectura, lo que no nos debe de extrañar si consideramos el origen del proyecto: el reciclaje de una serie de arquitecturas para el coche que empieza a investigar ya antes de la Gran Depresión.

Wright, consciente de que no tiene mucha excusa para tratar las obras exhibidas con esa displicencia, propondrá en algún momento cambiar el nombre de esa cosa que está construyendo: en lugar de un museo debe de ser un arquiseo, un edificio que se exhibe a sí mismo poniendo la arquitectura por encima de todo lo demás. Solomon Guggenheim se negará, pero el tiempo va a dar la razón al arquitecto, ya que desde la construcción de la ampliación del museo (una obra mucho más contenida y funcional realizada por Charles Gwathmey) la rampa Wright se usa únicamente para exhibirse a sí misma colocando obras temporales realizadas expresamente para ese espacio que sólo podía haber sido diseñado por él, el arquitecto que se niega a ser el marco del cuadro, el arquitecto que se niega a que puedas relajarte en uno de sus espacios, el arquitecto de moda.

Uno de los directores comerciales de la época era Alfred Hitchcock, cineasta entonces en la cima de su prestigio, que para ese mismo 1959 está preparando Con la muerte en los talones, donde el malo malísimo, Phillip Vandamm (James Mason), es presentado como hombre de mundo sofisticado que vive en un casoplón ubicado en la misma cima del Monte Rushmore, casa que iría de perlas que diseñase Frank Lloyd Wright, quien fue propuesto y descartado después de que presentase una hoja de honorarios que puso en riesgo la viabilidad de la película. El plan B consistió en usar a los diseñadores de producción del estudio para que se inventasen una casa que imitase el estilo de Wright. Y así se hizo. Ahora Cary Grant se aproxima a la cima de la casa(1), que vuela orgullosamente sobre un barranco desafiando a las leyes de la gravedad… y tu ya no ves nada más porque la casa es tan wrightiana y tan osada y tan chula que se come la escena y todo lo demás desaparece. O sea: que los diseñadores de producción habían captado a la perfección las intenciones de Wright y la arquitectura se comía la película.

Hitchcock se da perfecta cuenta de ello y, no queriendo un Guggenheim más, enmendará la plana a Wright modificando el diseño metiendo dos puntales bajo el voladizo, haciéndolo menos atrevido y más convencional. No es torpeza: es un elemento incorporado expresamente por el propio Hitchcock. La casa ya no desafía nada porque nuestro cerebro es capaz de reconstruir de manera inconsciente su sistema de soporte, se convierte en parte del paisaje y podemos fijarnos de nuevo en Cary Grant aproximándose y sabremos que el final de la película está cerca.

 

 

(1) Manda narices porque Cary Grant es un publicista y Eve Marie Saint es una agente secreto con preparación militar pero adivina quién rescata a quién.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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