Escuchar a Alfonso Guerra fuera de las batallas políticas, fuera de la actualidad más furibunda, en su verdadera pasión y rodeado de libros es un gran placer. Porque Guerra, pese a la mala leche de Jorge Semprún en Federico Sánchez se despide de ustedes, siente una pasión incontrolable por la lectura, por los libros como mecanismo para hablar con personas que no están presentes en materia pero sí en esencia. Hablar tanto con Homero como “su” Antonio Machado, tanto con Stefan Zweig como con Kavafis, tanto con Julián Besteiro como con Claus Offe (que también tiene su lado intelectual). El caso es poder dialogar y conocer. Alfonso, porque es de los pocos políticos a los que se les sigue llamando por su nombre de pila y todo el mundo sabe quién es, habló ayer de su diálogo con Daniel Múgica con la mediación de la última obra de éste: La dulzura.

Un magnífico libro dijo Alfonso Guerra, algo que también se comentó en estas mismas páginas, el cual ha sido escrito desde una “cálida sentimentalidad con un intelectualismo de acero”. Sin desvelar el secreto que está inserto en la novela, ha recordado el pensador sevillano que no sólo hay una novela en la novela, sino que son muchas, lo que produce al final una novela ambiciosa “que podría haber llegado a las 600 páginas”. Ha querido agasajar a su “amigo desde los cinco años” (de Múgica no de Alfonso) al decir que el autor tenía una virtud, algo que le había impactado, como es la gran capacidad de crear atmósferas con pocas palabras.

También ha tenido algún reproche, como la excesiva utilización del verbo “enfilar” (“moderación Daniel” ha dicho). O un recordatorio, gracias a la versatilidad del autor, para Tel Quel como movimiento literario. Y, antes de dar paso al “verdadero protagonista” de la velada, quiso recordar que, siendo realmente objetivos, una persona en toda su vida con suerte puede llegar a leer unos 1.800 libros. Por ello hay que saber elegir bien qué leer, de ahí que recomendase el libro del colaborador de Diario 16 como uno de esos 1.800 libros a leer en una vida. Daniel Múgica quedó perplejo por unos instantes por el piropo que le había lanzado Alfonso. Un piropo que va más allá del cariño que siente por el autor y que, para aquellos que no conozcan al que parecía un ogro otrora, es dado a reflejar entre los suyos, entre su gente.

Una gente que no quiso fallar ni a Múgica, ni a Guerra. Allí acudió lo mejor del PSOE de antaño. Estuvo Antonio M. Carmona, Antonio García Santesmases, José Luis Corcuera, Rafael vera, Quico Mañero, Álvaro Cuesta, Javier Sáenz de Cosculluela, Pedro Bofill o Rafael “Fali” Delgado. Siendo objetivos hay en esos nombres más bienestar conseguido en España que en todo el Parlamento actual. Evidentemente, el padre de Daniel, Enrique Múgica, acudió junto a diversos familiares (como el hijo de Fernando Múgica) y su pareja Begoña, tan encantadora y amable como siempre. El autor se sentía como en casa. Rodeado de libros, junto a personas que respeta y que le respetan y le quieren, y a muchos otros amigos. Así que su presentación del libro, de su obra fue breve.

Sin embargo, pudimos conocer, porque Alfonso le “pinchó” en ese sentido, que La dulzura es el primero de una trilogía sobre el terrorismo. Si en éste es el 11-M  el eje, en el siguiente (que tiene como título provisional “La vida callada”) tiene como eje dos atentados terroristas de ETA y el tercero hablaría sobre el atentado de Marrakech. Múgica defendió el nacionalismo progresista y dijo que no olvidada. Que los etarras “deberían ponerse de rodillas en el barro, con la cabeza agachada y pedir perdón dentro de su bazofia moral”. No cosificar a las víctimas como están intentando ahora. Por eso su siguiente libro quiere contar qué pasaba en Euskadi y qué les pasaba a las personas. Pero siempre con la esperanza fija en el horizonte, porque a democracia derrotará al mal. Y más el amor, porque la libertad es la gran hija del amor.

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