¿Nos tenemos que ir? un 23 de enero de 2014 esa fue la pregunta que vino a mi cabeza después de leer aquel Whatsapp, cerraban las fábricas de Coca-Cola y una de ellas era la nuestra, la de Fuenlabrada.

¡Ahora digo NO!

De niña he tenido que dejar mi casa, mi colegio, mi entorno, mis amigos sin poder decirles adiós, sin poder elegir quedarme, dejando hasta el perro ¡Sí! Hasta mi perro “Coki” esa bolita negra de ojos brillantes que nos miraba alejarnos y batía la cola esperando que diéramos media vuelta y le lleváramos con nosotros, era eso o perecer…

¡Ahora digo NO!

Y en la adolescencia, no hubo edad del pavo ni tonterías de la moda, no hubo novios furtivos, solo una elección impuesta, era vivir o morir, literalmente. Perdimos a uno, él ya no podía venir, jamás le volveríamos a ver, le hemos traído en recuerdos y esos recuerdos nos alimentan muchas veces aunque otras nos atormentan. Y otra vez, dejarlo todo y salir, dejar esta vez hasta tu tierra natal, porque pertenecer a una familia de sindicalista y defensor de derechos humanos allí es un delito…

¡Ahora digo NO!

Y ahora en la edad adulta, esta vez la decisión era mía y no tan mía, cerraban nuestra fabrica, mi pareja y yo trabajamos allí y los dos teníamos que salir, ¿y el bebé? ¡Si solo tiene 3 meses…! Ahora entendía esas decisiones del pasado tomadas por mis padres, nos querían y protegían, y por eso hubo que dejarlo todo. Pues no, esta vez no nos vamos dijo él apoyándome, y me devolvió a la realidad, porque quería quedarme, porque estaba harta de dejar mi vida, de verla hacerse pequeña hasta desaparecer y en algunos casos para nunca más volver.

¡Ahora digo NO!

Alguna vez leí que “cuando tus hijos piensen en valores y en respeto, deben pensar en sus padres”, y eso es lo que decidimos ofrecerle a nuestro hijo, y también un hermanito fantástico que llegó después.

Él, mi chico, empezó durmiendo en la puerta de la fábrica en una tienda de campaña que con el devenir de los meses se convirtió en lo que fuera nuestro campamento. Después vino el despido, y por ahí sí que no pasábamos, Coca-Cola no lo sabía, pero había despertado a la bestia obrera alimentada con justicia social y laboral, llamada @CocaColaEnLucha.

¡Ahora digo NO!

Ya no estábamos solos, dirigidos por un sindicalista de esos que dice la gente, que ya no existen, un héroe particular; despertaban guerreros y guerreras, nacían bebes, “espartanillos”, reíamos y llorábamos en esa caseta hecha de palos y plásticos que guardaba “nuestra fabrica” la cual contaba con mucho calor humano y un buen abrazo si lo necesitabas.

¡Ahora digo NO!

Mucho ha pasado después de vaivenes judiciales pero no todos justos; por fin pisamos su suelo, el de nuestra Fábrica, porque aún la llamamos así, vacía, desolada, escuchando en nuestra cabeza los sonidos casi fantasmales del chocar de las botellas, de las máquinas llenando, de las carretillas moviéndose cargadas de producto, de los robots paletizando… tantos recuerdos, en la que fuera “la perla”, “la mejor de España”, “la segunda mejor de Europa” ahora no es más que una broma, pero ahora digo ¡NO! No me voy, no nos vamos, estoy aquí y pienso quedarme porque ahora este es mi hogar y esta es mi familia.

Tulainda.

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