Fotos: Facebook y editorial Lunwerg.

El escritor y periodista Màxim Huerta (Utiel, Valencia, 1971) habla de París como ciudad y símbolo icónico universal con un entusiasmo tan encendido que lo impregna todo desde un primer momento. En París será toujours París (Lunwerg Editores) nos traslada hacia esa ciudad que ya sólo existe en el imaginario popular pero de la que aún emanan reminiscencias de una época alocada, vital, genial… Única, en definitiva.

Las bellísimas ilustraciones de Maria Herreros son el apoyo perfecto de este proyecto a cuatro manos para contextualizar en toda su dimensión el ambiente artístico y bohemio que aún hoy, en pleno siglo veintiuno, mueve conciencias y nostalgias de todo tipo hacia un universo creativo irrepetible. Qué duda cabe: a Màxim Huerta siempre le quedará París, que no es poco, y la literatura y el periodismo, que tampoco lo son.

 

¿Por qué París seguirá siendo siempre París, pase lo que pase?

Porque la ciudad ha sido capaz de conservar la evocación y seguir generando cultura. Decir París no es sólo pensar en la torre Eiffel o el Arco de Triunfo, París va más allá del cruasán y del tópico. Ha sido motor de grandes movimientos culturales y sociales. Y presume de ello.

“Todo se rompe, todo se debe gastar, vivir. Surge. Surgió. Bendito sea. No tenían nada que perder”

 

A veces, tenemos la certeza de que paseamos en la actualidad por un París que ya no existe, que sólo es un vago reflejo de lo que fue allá por la década de los 20 del siglo pasado. ¿Por qué ocurre?

París son los mosqueteros, la guillotina, la rebelión, la constante evolución, el gusto por la belleza, la cultura… París ha sabido adaptarse, y no sólo eso, ha hecho que el resto del mundo, a través de sus cambios, también se mueva. Los años veinte todavía son motor de pintores, músicos, cineastas o modistas. Los años veinte ya no están, pero siguen en la imaginación. No es un vago reflejo, es un potente reflejo de lo que fue.

 

Este libro no sería el mismo, incluso ni existiría sin la parte correspondiente a María Herreros. ¿Está de acuerdo conmigo?

María Herreros es el alma de este libro. Su forma de ilustrar, potente y colorista, emocional y desnuda, es perfecta para los años de la locura. Basta mirar una de sus páginas para volver a los adoquines de entreguerras, oler a ron, bailar en los salones, sentarse en las calles, ver la bata sucia de Modigliani, la belleza de Dardel o el agotamiento de Kiki de Montparnase en un solo gesto. Sus trazos son líneas de texto.

 

Cuando texto e imagen confluyen en equilibrio, el objetivo parece conseguido. Y así ha sido. ¿Por qué?

Porque nos gustamos, nos admiramos y nos respetamos. Porque hemos construido el libro a la vez, capítulo a capítulo, como un baile bien ensayado. A María le gustaba lo que yo le enviaba escrito, y a mí me fascinaba cada vez que veía una página completa. ¡Chapeau por María Herreros!

“Los años veinte ya no están, pero siguen en la imaginación. No es un vago reflejo, es un potente reflejo de lo que fue”

 

¿Qué factor determinante, por encima de otros muchos, pudo provocar que aquella bohemia artística e intelectual eclosionara precisamente en París y en aquellos años?

De Montmartre a Montparnasse, de la colina al boulevard, tiempo entre grises, tiempo de ebullición… Entre el dolor y la falta de esperanza surgió la rebeldía, las ganas de vivir, de pasarlo bien, de beber, de pintar, de disfrutar en los bares, en los talleres, de intentar darle la vuelta al país, de quitarse la ropa, de romper los corsés, tanto los de la moda como los de los lienzos. Todo se rompe, todo se debe gastar, vivir. Surge. Surgió. Bendito sea. No tenían nada que perder, no había prejuicios y la vida estaba para vivirla.

 

Prestan una especial atención a una artista peculiar: Kiki de Montparnasse. ¿Quién fue realmente, qué misterios guardaba?

Es el personaje clave de esos años y la protagonista del libro. ¿Por qué? Porque Kiki, Alice, llega de un pueblo a París, porque desde la pobreza absoluta y sin ningún tipo de esperanza, Kiki se come París. Ella fue la reina. Y mejor, hizo lo que le dio la gana. Bailar, ser modelo, cantar, pintar, escribir… Kiki se enamoró y fue amada por grandes personajes del arte: desde Modi a Man Ray. Y su vida es un icono de la época. Ahora andamos con demasiados prejuicios. Ella se bebió París.

“Desde la pobreza absoluta y sin ningún tipo de esperanza, Kiki se come París. Ella fue la reina”

 

De su paseo por aquel París, ¿con qué rincón se quedaría? ¿Por qué?

Yo me quedaría con las librerías del Sena, los bouquinistes. Más allá del tópico, tienen una historia maravillosa. Y libros al borde del Sena es una frase que resume a la ciudad. Hay mucha librería y se lee mucho, más que aquí.

 

¿Por qué hoy, casi un siglo después de aquella ciudad de los años locos, aún perdura el encanto de una urbe única como es París?

La evocación. París consigue evocar lo que fue. Montmartre ya no es el centro de los pintores, ni Montparnasse el de los que se bajaron a vivir, beber y seguir pintando. No es el centro del mundo, pero lo parece. Y así te hace sentir.

 

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