SALA de un cine de verano de los años cincuenta y sesenta, visto desde la cabina. El cine fue el centro de reunión y participación popular durante décadas y uno de los escasos encuentros con la cultura. En muchas poblaciones y ciudades andaluzas, dependiendo de la meteorología, había cine desde mayo hasta septiembre. Los cines de verano cambiaron muy poco la arquitectura de sus edificios, aunque sus asientos evolucionaron desde las sillas de eneas hasta los sillones metálicos o de plástico. Por otra parte, aprovecharon todas las innovaciones técnicas del momento, tales como, el color, el sonido estereofónico o el cinemascope.

Sin embargo, el cine español tiene una gran riqueza y es un interesante reflejo de las muy distintas épocas de su historia.

AUGUSTO M. TORRES

 

El cine necesita del ojo humano para hacerse realidad, es la obra artística que se construye con la participación activa de sus receptores, la imagen fílmica tiene que ser reconstruida en cada sesión. La pintura, escultura, literatura, el teatro y otras manifestaciones artísticas tienen su propia realidad material, sea mármol, papel o palabras, son realidades que perviven aunque nadie las contemple. Sólo el cine consigue su existencia mientras un espectador lo contempla y lo escucha. La obra cinematográfica, ahora portada por distintos medios, queda en silencio después de cada proyección, envuelta y amordazada en artefactos anónimos, sellada como una tumba egipcia que espera su liberación. Las imágenes liberadas hablan de su tiempo, del tiempo de su creación y de los seres humanos que lo poblaron, ideas construidas en complicidad con la realidad que se ofrecen como un significado puro, así el cine es lo que espera el espectador, en la mayoría de los casos. No es aventurado proclamar que el cine ayuda a vivir lo ajeno como propio y entre tantas historias siempre hay una particular para cada espectador. Además, el cine guarda una fuerte correspondencia o dependencia de la literatura, de la música, de la pintura y de la arquitectura. Las Bellas Artes han servido al cine en su capacidad de crear una forma nueva de expresión, alejada y cercana a la vez de otras manifestaciones artísticas. Esta forma rudimentaria y groseramente mecánica de reproducirse no ha impedido su valor estético en el conjunto de las Bellas Artes, aunque su primitiva dependencia de aparatos le hiciera aparecer como un producto de manos artesanas, después de más de un siglo de existencia se ha valorado el límite entre lo artesano y lo artístico. El cine es un pequeño hallazgo de la civilización occidental, a la deriva entre lo sublime y lo tecnológico. Un arte próximo a lo utópico y la mercancía que surge en los tiempos superadores del Antiguo Régimen, cuando la clase capitalista invertía en proyectos industriales esperando grandes beneficios. Pero enfrentados a este proyecto especulativo surgieron los primitivos visionarios, los defensores de su valor de uso cultural y estético que no lograron salvarlo del mercado y el valor de cambio.

Las transformaciones sociales han tenido su evolución paralela en el hecho cinematográfico, en sus más de cien años de existencia, el cine atravesó los mismos avatares que otras manifestaciones artísticas en siglos o en milenios. La juventud no le ha librado de la consideración clásica, ni de la experiencia vanguardista, ha sido acusado, prohibido y denostado por su vinculación al Poder. Fue ensalzado y apoyado por la mayoría de los intelectuales de su tiempo y pasó de la barraca de feria a salas perfectamente equipadas. De espectáculo de pueblo a objeto de científicos y de investigadores, de portador de la ideología dominante, a luchar por el desarrollo intelectual estético y literario de los movimientos artísticos más originales. Su trayectoria ha permitido una reflexión sobre lo que el medio representa para el género humano convertido en espectador de cine. A la capacidad social del cine se unen sus fundamentos como arte de masas, sin que pierda su sentido creativo. Pasó en poco tiempo, de insólito invento a sustituto mecánico del teatro y ha llenado de historias intranscendentes o sublimes las vidas vacías de las masas, como otros medios de entretenimiento público. Aquellos falsos golpes salpicados de nata y las carreras sin llegar a ningún sitio fueron el germen de un proyecto estético renovador. Proyecto poblado de razones acordes con el pensamiento liberador del hombre moderno. Por medio del cine un mundo singular se abrió ante los ojos del espectador y de la sociedad, este artilugio, superando la esclavitud mecánica, supo llenarse de personajes reales, de historias fantásticas y de reflexiones sobre la vida del ser humano. El nuevo medio de expresión aprendió a caminar sobre los desvelados o inciertos caminos del arte y la ferviente actualidad de sus planteamientos, aún tratando temas del pasado, le ha convertido en cronista de su tiempo. El cine ha proporcionado al hombre contemporáneo una ilusionada mirada sobre el universo y la filosofía de la vida, sin embargo, el cine desde su infancia estuvo sometido a tendencias serviles. La fáctica del poder ideológico ha llenado las imágenes de tendencias conversadoras y reaccionarias, la ritualización del consumo y la visión ético-ideológica de la violencia xenófoba han sido defendidas por el cine. Las películas son difusoras de la cultura, aunque por desgracia, produce obras que no llegan a su destinatario, salas vacías proyectando películas que pretendían obtener el favor del público, obras condenadas a no proyectarse ante los que más la necesitan.

Esta reflexión sobre el hecho cinematográfico nos lleva a tenerlo tambien sobre el cine del Estado franquista que terminó siendo un “fenómeno cultural por sí mismo”, se tratara de un cine documental o producto de la ficción creativa. Y fue así en las películas de género sobre Andalucía, porque las películas relacionaban la historia fingida con el conocimiento y el desarrollo de la vida real. Como en otras manifestaciones artísticas, el sentido de las películas abarcaba la “totalidad humana”, por eso, el cine, como toda obra artística, incide en la configuración social y tuvieron una influencia significativa en una etapa história que estuvo marcando, en su día a día, a los espectadores. Un cine de género y de la autarquía poblado de personajes reconocibles, una farándula trasnochada, populachera a veces, arquetipos reinventados del mundo costumbrista y del sainete evocador de los tiempos anteriores a la República. La cultura del espectáculo en estos primeros tiempos retrocede a los felices años del sainete más insulso, un espacio abigarrado de domesticada servidumbre, de señoritos mujeriegos y perdonavidas y de una gitanería que malvive por cortijos, lugares y colmaos escurriendo el quehacer comprometido del trabajo. Mención aparte merece el papel de la mujer sometida al macho, siempre dispuesta a obedecer, encargada de la casa y de la prole, además de cristiana y decente, salvo en contadas ecepciones de las que hablaremos. Con todos los medios a su alcance, el franquismo puentea el avance cultural republicano que, de forma prioritaria, entendió lo popular como un aspecto reivindicativo de la realidad social.

La obra artística contiene unos valores intrínsecos, pero una película los adquiere cuando es proyectada a los espectadores, de ahí se deducen las diferencias entre público y espectador, las cuales no eran tan profundas en aquellos años. Entonces, los asistentes al cine se identificaban con las historias, se emocionaban o reían las secuencias apropiadas para ello, incluso, en muchas ocasiones, aplaudían situaciones o canciones insertadas en la trama. En la actualidad, el público ha ido perdiendo su complicidad con la pantalla, pues al parecer, desde hace tiempo el arte no forma parte de ningún ritual para una mayoría, antes la asistencia al cine se convirtió en una ritualidad para la comunidad. Puede decirse que la evolución de los medios económicos y mediáticos han conseguido transformar la participación colectiva de los espectadores en un público pasivo, pese a que el cine sigue considerándose el arte más popular de nuestro tiempo. Mérito que se debe a la dinámica social de la clase trabajadora a partir del siglo XIX y las mejoras en sus posibilidades económicas, de ahí la multiplicación de salas en los núcleos urbanos que hizo del cine el espectáculo más barato de la historia. Decimos pues, que el cine fue el primer arte del proletariado. Además que, el cine de género, es un medio narrativo al alcance de los estratos sociales de bajo nivel cultural y que la crítica tiene en cuenta las producciones menos populares, mientras tanto, las masas siguen identificándose con los sentimientos y los conflictos de la gente trabajadora o marginada que pueblan el cine de género. El análisis culto, huye de las determinaciones ideológicas, olvidando las “determinaciones particulares” que reflejan la realidad conocida de la mayoría social. La producción artística no es tarea dirigida a la comunidad, el artista está “dominado por las concepciones” de unos poderes ajenos al arte y por una determinada clase social que lo promueve

Teniendo en cuenta lo dicho, es posible adquirir más conocimiento sobre la realidad social en aquellas obras que defiendan una determinada situación, que en aquellas que la critican. El valor histórico de algunas obras de arte no está en lo que queremos que digan, ni en la forma novedosa o culta de decirlo, lo importante es lo que dicen sobre ellas mismas, sobre su mundo y las realidades que de todo ello se desprende. Las imágenes cinematográficas son una parte visual de las mentalidades, y las películas de género sólo utilizan una parte del “utillaje mental de su época”, aunque la vida social se cimente sobre la desigualdad, la ideología se encarga de justificarla. Sin embargo, la ideología deja jirones y huecos que pueden delatarla, el cine puede ser una claraboya por donde se exponen a la luz parte de las realidades sociales ocultas, las piezas que engarzan los acontecimientos si somos capaces de minarlas y analizarlas sin prejuicios que nos impida ver lo evidente. Constatamos que sobre la imagen descansa la mayor parte de la capacidad comunicativa de la sociedad actual, incluso demostrando su escasa neutralidad. El cine apareció dotado de una indiscutible realidad objetiva y documentalista, aunque el tiempo ha transformado su poder informativo en un medio de ficción narrativa, ya no es el “objetivo” inocente que decía Andre Bazin, su presencia altera sobremanera el orden de las cosas.

Los cines de pueblo están llamados a desaparecer, aunque fueron el único alimento cultural durante una parte importante del siglo XX. Para la sociedad rural el espectáculo empezaba con el forcejeo de comprar la entrada en la TAQUILLA.

Se entiende que la memoria personal es el primer conocimiento profundo que tienen los seres humanos sobre sí mismos y, también, que la memoria colectiva es la guardiana de la historia de los pueblos. El hombre como ser individual, al igual que las colectividades sociales, constituye un proyecto de futuro y los cambios sociales constituyen la conciencia de su papel histórico. No se vive de la historia, pero es preciso orientarse en ella para no andar a ciegas, la historia es la primera luz y a veces la única certidumbre en el reconocimiento del mundo. Hablar del cine es hablar de la vida social y de las personas que durante años alimentaron sus ilusiones con el latido sensible de la imagen. Es un reto interpretar lo que cuentan las imágenes, los diálogos, la música y el gesto de los actores que la magia ha convertido en apariencia de seres reales. No todo el cine tiene la misma valoración estética, hay miles de secuencias, planos, detalles, miradas y sugerencias que han quedado grabadas en la emoción colectiva de los espectadores, imágenes que forman parte de la imaginación y del pensamiento consciente. El cine es un arte que evoluciona paralelo al desarrollo intelectual del hombre, porque hay un film para cada momento de la vida del ser humano y los problemas del mundo. Una película acerca hasta el ser humano la pura realidad física y cuenta con la extraña capacidad integradora de hacer vivir historias ajenas que producen el acto de la comunicación. La obra de cine ha demostrado su capacidad de “contracomunicación” y de “contrainformación”, aunque como toda obra de carácter universal es rompedora con su época y con el medio estético que la hizo posible. La obra auténtica no proclama su disposición ética, pero sí que aspira al reconocimiento social. Siempre hubo obras de arte esperando colgadas en los museos, un texto literario en las estanterías y unas películas sin iluminar la pantalla. Una película, como toda buena obra de arte, pretende ser siempre un “acto de resistencia”, como dice Gilles Deleuze:

No hay obra de arte que no invoque un pueblo que no existe todavía”.

EL ESPÍRITU DE LA COLMENA, 1.973, de VICTOR ERICE
“Precisamente, en algunos raros aciertos, el Cinematógrafo ha sabido, mejor que ningún otro lenguaje, plasmar ese florecimiento del rico y sabio aburrimiento-flor de la nada y el miedo-al tocar el tiempo suspendido en los ojos de lo niño. Ese milagro se dio del modo más emblemático y a la vez físico, en el Espíritu de la colmena de Víctor Erice. No hay más que asistir a la desolada y, paradójicamente, riquísima infancia (antes de la televisión) de Ana e Isabel, aquellas dos niñas del secano castellano de la posguerra, para entender algo de la verdad misma del cine y su preciosa donación a los hombres”. Isabel Escudero. Archipiélago nº 22.
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