“Nuestros puentes y carreteras se están cayendo, nuestros aeropuertos están en condición de Tercer Mundo, y 43 millones de americanos necesitan cupones para comida” (Donald Trump)

En plena Gran Depresión, concretamente en 1939, el New Deal de Franklin D. Roosevelt palió la pobreza severa que sufrían millones de ciudadanos norteamericanos con una gran variedad de programas sociales, entre otros las primeras ‘food stamps’ (cupones para comida). ‘We accept food stamps’, aún hoy día puedes ver ese letrero en la mayoría los comercios de los Estados Unidos. Este programa bienestarista se acabó en 1943, una vez que los Estados Unidos entraron en la II Guerra Mundial. Veinte años más tarde, Lyndon B. Johnson recuperó la idea de los cupones para comida, tras convencer a los congresistas para que aprobaran la Food Stamp Act de 1964.

“No podemos liberar a ciudadanos que por generaciones han sufrido las consecuencias de la esclavitud, ponerlos en la línea de salida de la carrera por la lucha capitalista, y creer que van a competir en igualdad de condiciones’, dijo Mr. Johnson, involucrado como estaba en la lucha por los derechos civiles, defendiendo su proyecto de ley en referencia a la comunidad afroamericana, especialmente golpeada por la pobreza. Martin Luther King fue de hecho uno de los más entusiastas aplaudiendo la Food Stamp Act de 1964, de la cual se beneficiaron de inmediato los guetos negros, que experimentaron un notable crecimiento económico.

Las food stamps estimularon la economía de los suburbios, como anticiparon los economistas keynesianos que trabajaron con Lyndon B. Johnson en la defensa de la iniciativa legislativa, al florecer muchos pequeños comercios en los barrios más pobres. Además, gracias a estos cupones muchos niños hasta entonces malnutridos pudieron crecer sanos y fuertes. Es importante recordar que con los Johnsons no podías emborracharte porque las food stamps no servían para adquirir bebidas alcohólicas. Tampoco podías darte lujos gastronómicos exóticos, nada de comprar delicatesens de importación, los Johnsons solo valían para comprar comida made in the USA.

Los cigarros y la comida para mascotas también quedaron fuera del alcance de los cupones de la Food Stamp Act de 1964. Por otra parte para acceder a las food stamps tenías que demostrar que no disponías de ingresos salariales suficientes ni rentas patrimoniales como para mantener a tu familia. Pero pronto empezaron a saltar a las portadas de los periódicos casos aislados de picaresca, algunos caraduras se estaban aprovechando del Welfare State, abusando especialmente de la Food Stamp Act. Por un lado había beneficiarios que en realidad percibían salarios extras en negro, y por otro lado comerciantes que intercambiaban las food stamps por dinero en efectivo, quedándose con una comisión mientras cobraban el precio completo de los cupones al Ministerio de Agricultura, que a día de hoy sigue a cargo de la gestión del programa de las food stamps.

Al tiempo que los medios difundían esta clase de fraudes, el viejo puritanismo antibienestarista aprovechaba para insistir por la vía de los think-tanks en la idea de que los cupones para comida generan conductas promiscuas y disolutas y apartan a la gente de la ética del esfuerzo y la cultura del trabajo. Justo entonces aparece Ronald Reagan con la promesa de acabar con la Food Stamp Act. ¡Pondré a los vagos gorrones que se aprovechan del Estado del Bienestar a trabajar!, prometió el Gran Cowboy echando mano del mito del vago de Speenhamland en uno de esos memorables discursos populistas que le ayudaron a llegar a la Casa Blanca en 1980.

 Reagan dibujó el fraude al sistema del bienestar como una epidemia nacional, haciendo hincapié en un caso concreto, el de la llamada ‘welfare queen’ (la reina de la beneficencia) Linda Taylor, una mujer negra que había llegado a tener varias identidades y direcciones falsas, y hasta doce tarjetas de la Seguridad Social, al tiempo que cobraba cuatro pensiones de viudedad de falsos maridos, además de percibir food stamps mediante diferentes apaños fraudulentos. Reagan ganó las elecciones cuando en los Estados Unidos crecía el mito del vago del welfare. Lazy moochers! exclamaban indignados los cuñaos de Idaho, California, Texas o Minesota que dieron su voto a Mr. Reagan. ¡Vagos gorrones!

Una vez en la Casa Blanca, Reagan recortó el gasto social para alimentar el gasto militar, pero respetó la Food Stamp Act. ¡Ni se le ocurra, Mr. president! le dijeron sus asesores económicos, que no eran precisamente admiradores de Keynes. ¿Por qué Reagan no se atrevió a acabar con la Food Stamp Act de Johnson? Porque más allá del cuento de los vagos gorrones, los cupones para comida habían reducido considerablemente la malnutrición infantil y reducido los costes de la salud pública, y además se habían convertido en el más eficaz de los estabilizadores macroeconómicos gracias a eso que los keynesianos llaman el ‘efecto multiplicador del gasto público.”

 Los asesores de Reagan comprobaron con datos científicos no solo que las food stamps estimulan el crecimiento económico, siendo especialmente beneficiosas para los barrios pobres al tiempo que para el sector agrícola nacional, es que además el nivel de fraude apenas involucraba en aquel momento al 2% de sus beneficiarios. Así pues, el mito del vago encarnado en la reina del welfare no pasaba de ser una mera anécdota insignificante en medio de las ventajas indiscutibles del sistema binestarista de las food stamps.

Un día en los adyacentes del Hollywood Boulevard me encontré con un buen amigo negro que justo venía de las oficinas de los servicios sociales del Downtown, donde tras demostrar que no disponía de ingresos ni rentas le habían dado una tarjeta EBT (Electronic Benefit Transfer) con la cual en el plazo de un mes puedes comprar comida por valor de 133 dólares. Los cupones en papel ya habían pasado a la historia, ahora lo que te dan si eres pobre, lo mismo en Los Ángeles que en Boston, Chicago o Nueva York, es una tarjeta electrónica del Supplemental Nutrition Assistance Program –SNAP- que es como ha pasado a llamarse el Food Stamp Program.

Acompañé a mi amigo a un supermercado con letrero ‘we accept food stamps’ que ahora muchos comercios han sustituido por ‘we accept EBT cards’ y pasamos por delante del prosciutto di Modena. Italian ham? Forget about it, me dijo mi amigo, que no tuvo más remedio que comprar con la tarjeta del SNAP mortadela de Oklahoma. ¿Y con esta tarjeta vas a comer todo el mes? le pregunté. No, con esta tarjeta no llego ni al fin de semana pero es mejor que nada.

Desde la gran crisis que arranca con el catacrack de 2008 los beneficiarios de las food stamps no han parado de crecer y en la actualidad hay 43 millones de norteamericanos acogidos al SNAP, como ha subrayado Donald Trump durante su campaña electoral en varias ocasiones. Que haya 43 millones de norteamericanos sobreviviendo gracias a las food stamps es un dato impresionante, sin duda una de las cifras macroeconómicas más impactantes de los últimos tiempos. Es sorprendente sin embargo la escasa reflexión que este dato merece en la prensa, más allá de anecdóticas noticias sobre fraudes puntuales al sitema del welfare, cuando el problema de fondo que explica el éxito de Donald Trump es que hay demasiada gente que teniendo trabajo no puede mantener a sus familias, sobre todo por culpa del alto coste de la vivienda.

Si cada día hay más personas que para sobrevivir necesitan de la asistencia pública en los Estados Unidos es porque los salarios que reciben son muy bajos en relación al coste de la vida. Pero hay quien piensa que lo mejor sería acabar con la Food Stamp Act, como por ejemplo los chicos de la Fox News, que hace poco han sacado a la luz los casos de Jason Greenslate, un surfero rockero que alardea de comprar marisco con la tarjeta EBT, y Ali Pascal Mahvi, beneficiario del SNAP a pesar de conducir un Lexus y vivir en una mansión de un millón de dólares. Además a menudo por la Fox se cae la muchachada del Tea Party indignada tras saberse que el 40 por ciento de los beneficiarios del programa de tarjetas para comida sufre de obesidad.

Donald Trump se está planteando la posibilidad de endurecer las condiciones para acceder al SNAP, como someter a sus beneficiarios a controles de drogas, además de eliminar las sodas, los chuches, y todos esos snacks que contienen grasas trans, de la lista de productos adquiribles, pero ni siquiera Mr. Trump acabará con las food stamps porque como comprobó Ronald Reagan hacer tal cosa sería un desatre no solo para la salud pública sino para la economía norteamericana, así que de momento mi amigo podrá seguir comiendo –a primeros de mes- mortadela de Oklahoma, que siempre será peor que el prosciutto di Modena pero mucho mejor que la no-mortadela.

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