La excusa siempre es un recurso inequívoco que aleja o distancia al sujeto que lo utiliza con la precisa intención de no realizar una gestión, un acto, o de posicionarse en el trayecto de la posible consecuencia de algo.

Estamos rodeados de excusas, de todo tipo: infinitas, reales, vivaces, elocuentes, míseras. Cientos de ellas. Pero sobre todo, están las excusas absurdas. Estas, sin entenderse muy bien cómo pueden brotar por el absurdo que proponen, o desde el absurdo en que se originan, son las que más se asientan en la retina de la contemplación y la reflexión del observado que, en uno u otro modo, atiende el argumento de la misma.

No hace muchos días, me vi sorprendido por uno de esos absurdos, atropellado por una de esas excusas que, incluso, extralimitan dicho absurdo: una empresa cordobesa no quiere pagar los atrasados a sus “trabajadoras” porque en el convenio firmado está escrito textualmente la palabra “trabajadores”.

No sé quién dirige dicha empresa, ni quien son los asesores que gestionan sus diferentes temas económicos o fiscales, incluso, quien es el responsable del marketing o publicidad, pero, en todo caso, el absurdo les ha dado de lleno y los ha implicado en su totalidad.

Aparte de que la RAE en el significado que alude a la palabra “trabajadores” queda constatado que alberga tanto al masculino como al femenino, pues se trata de una palabra genérica, es sorprendente que en plena batalla por alcanzar la igualdad para hombres y mujeres en todos los ámbitos, alguien se agarre a semejante excusa, absurda como hemos dicho, para no pagar los atrasos a una parte del personal laboral que compone su empresa, la cual ha generado una actividad en la misma.

No deja de sorprender la excusa como pauta para desvincularnos de algo que no queremos hacer, incluso cuando se acude al absurdo para generar dicha excusa.

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Escritor. En el 2003 publica el entrevero literario “El dilema de la vida insinúa una alarma infinita”, donde excomulga la muerte a través de relatos cortos y poemas, todas las muertes, la muerte del instante, la del cuerpo y la de la mente. Dos años más tarde, en 2005, sale a la luz su primera novela, “El albur de los átomos”. En ella arrastra al lector a un mundo irracional de casualidades y coincidencias a través de sus personajes, donde la duda increpa y aturde sobre si en verdad somos dueños de los instantes de nuestra vida, o los acontecimientos poco a poco van mudando nuestro lugar hasta procurarnos otro. En 2011 publica su segunda novela, “Historia de una fotografía”, donde viaja al interior del ser humano, se sumerge y explora los espacios físicos y morales a lo largo de un relato dividido en tres bloques. El hombre es el enemigo del propio hombre, y la vida la única posibilidad, todo se articula en base a esta idea. A partir de estas fechas comienza a colaborar con artículos de opinión en diferentes periódicos y revistas, en algunos casos de manera esporádica y en otros de forma periódica. “Vieja melodía del mundo”, es su tercera novela, publicada en 2013, y traza a través de la hecatombe de sucesos que van originándose en los miembros de una familia a lo largo de mediados y finales del siglo XX, la ruindad del ser humano. La envidia y los celos son una discapacidad intelectual de nuestra especie, indica el autor en una entrevista concedida a Onda Radio Madrid. “La ciudad de Aletheia” es su nuevo proyecto literario, en el cual ha trabajado en los últimos cuatro años. Una novela que reflexiona sobre la actualidad social, sobre la condición humana y sobre el actual asentamiento de la especie humana: la ciudad. Todo ello narrado a través de la realidad que atropella a los personajes.

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