Contaba en mi primer artículo en Diario 16 en qué consiste el coaching ontológico, y cómo esta disciplina puede ayudar a las personas a resolver problemas que se les plantean en su día a día. En el artículo de hoy quiero presentar un caso práctico. Normalmente un proceso de coaching consta de varias sesiones, cada una de las cuales viene a durar en torno a una hora u hora y media (puede ser más o menos, dependiendo del caso). Para no alargarme demasiado, me remitiré únicamente a la primera sesión del caso que presento.

Antes de nada quiero aclarar que cuando se inicia cualquier proceso de coaching, se firma un compromiso de confidencialidad. El coach se compromete a no revelar absolutamente nada de lo que se hable durante las sesiones. Por tanto, para publicar este artículo he pedido permiso a mi cliente. Además, pasaré por alto algunos detalles, y otros los modificaré. Pongamos que él se llama Juanjo.

Viene a verme un hombre, casado y con hijos, en torno a cincuenta años. Me dice que no sabe decir que no, y a menudo se encuentra haciendo cosas que no quiere hacer, o mintiendo para librarse de compromisos que no quiere adquirir. Eso se ha convertido en un verdadero problema, que le causa constantes quebraderos de cabeza. Ya tenemos, por tanto, un tema con el que trabajar.

Como ya expliqué en su día, el trabajo del coach consiste en escuchar, indagar, y devolver al coachee sus aparentes contradicciones, de las que, normalmente, no es consciente. En definitiva, el coach hace de espejo del coachee, para que pueda ver cosas que por sí mismo nunca ha visto. Siempre desde el máximo respeto, y sin juzgar nada.

Las primeras preguntas van dirigidas a conocer el mundo del coachee. Se trata de una indagación horizontal para ver cómo es su vida, su entorno, a qué se dedica… También quiero saber en qué ámbitos se manifiesta el problema que trae. ¿No sabe decir que no a sus familiares? ¿A sus amigos? ¿A sus compañeros de trabajo? ¿A sus jefes? ¿A personas desconocidas? Evidentemente, y para que el coachee me dé toda la información posible, las preguntas no se hacen así. En una sesión de coaching siempre hay que intentar preguntar de manera abierta, para que las respuestas no sean un sí o un no. Ello no sólo proporciona al coach una mayor información, sino que obliga al cliente a pensar, a bucear en su interior, que, al final, es de lo que se trata. La solución, decimos, la tiene el coachee. El coach sólo le ayuda a encontrarla.

Indagando sobre las posibles razones de su dificultad a decir que no, él lo achaca a su timidez. No sabe decir que no, como tampoco sabe decir que algo le ha molestado. Ni pedir ayuda cuando la necesita.

Hablamos de sus emociones, otro aspecto importante, que me va a dar mucha información. ¿Qué sientes cuando te proponen o te piden algo que no quieres hacer, y no sabes cómo decir que no? Y, ¿cómo te sientes al decir sí cuando hubieras querido decir no? No es lo mismo que predomine la rabia, a que lo haga la tristeza. Y también es importante el mensaje que haya detrás de esa emoción. Cuando te sientes así, ¿qué te dices? ¿Qué piensas?

En este caso en concreto, llego a la conclusión de que el coachee no se permite la rabia, la tiene, podríamos decirlo así, castrada. Una de las razones por las que no dice que no es porque no tiene fuerza para ello. Ha sido educado en un ambiente en el que decir que no está mal visto, es un comportamiento egoísta. Además, también la educación recibida, tanto en casa como en el colegio, han hecho de él una persona sumisa.

Estos son detalles importantes para el caso, pero no me detengo ahí. Continúo indagando. Como coach, he tenido ya una intuición de por dónde van los tiros. Detrás de ese no saber decir que no, y detrás de ese no permitirse la emoción de la rabia, hay un problema más de fondo, que tiene que ver con el amor a sí mismo de mi cliente. Pero antes de decirle nada, le hago algunas preguntas más. Por un lado, para confirmar mi hipótesis antes de presentársela. Pero por otro, para que él mismo empiece a darse cuenta de esa realidad. Si realmente hay un problema de autoestima, de nada le servirá aprender técnicas de asertividad para decir que no cuando él quiera. Mientras no resuelva lo que hay detrás, seguirá cayendo en lo mismo una y otra vez.

En un momento dado le hago una pregunta clave para el desarrollo de la sesión: ¿a quién estás diciendo que no, cuando dices que sí? Se hace el silencio. Se repite a sí mismo la pregunta. Piensa. Se la vuelve a repetir. Dos veces. Tres. Silencio. Entonces sus ojos se humedecen. Me mira fijamente y no dice nada. ¿Se acuerda el lector del término “cambio de observador”? Pues bien, Juanjo acaba de tener un cambio de observador. Acaba de darse cuenta, sin que yo le diga nada, de que su no saber decir que no nada tiene que ver con su timidez, sino que es algo más profundo.

¿Sabes lo que pienso, Juanjo? —acabo rompiendo el silencio cuando siento que así debo hacerlo—. Lo que pasa, y creo que te acabas de dar cuenta de ello, es que hay un juicio que está operando en tu vida, un juicio del que no eres consciente, que te dice que no eres suficiente. Y como no eres suficiente, no te crees con el derecho a que los demás te quieran por ti mismo. Te lo tienes que ganar. Por eso no dices que no. Decir que no es justo lo contrario de lo que tú crees que necesitas para que te quieran. Para que te quieran tienes que caer bien, tienes que hacer todo lo que te pidan, ¿verdad?

Asiente. Y yo sigo contándole. Detrás de ese “no soy suficiente” hay una falta de amor a sí mismo. Algo que aprendió en su infancia, probablemente en el colegio. Al ser un niño tímido, tenía problemas de adaptación. Pocos amigos. Muchos niños se metían con él por el simple afán de divertirse. Así fue aprendiendo a no quererse, y a pensar que no tenía derecho a ser querido. Una pescadilla que se mordía la cola.

Para reforzar lo que acaba de ver, le pongo delante de un espejo. Le pido que mire la imagen que tiene delante, y que me cuente lo que ve. Que me hable de la belleza y de la grandeza de esa persona que tiene frente a él.

No es capaz de hacerlo. Se cruza de brazos, mira al suelo. Ni siquiera se atreve a mirar su imagen reflejada. Intento animarle, pero se siente cohibido, así que no insisto. Nos volvemos a sentar.

¿Qué has visto, Juanjo? ¿Qué ha ocurrido delante de ese espejo? Me cuenta lo que ya es evidente, lo que ya hemos descrito en los párrafos anteriores. Es un momento verdaderamente emotivo, pues si bien para él no es agradable darse cuenta de lo que hay de fondo tras su falta de asertividad, saberlo le abre una nueva perspectiva, aparecen nuevas posibilidades. Para conseguir resultados diferentes de los que estamos obteniendo, debemos hacer cosas diferentes a las que estábamos haciendo. Pero para poder hacer cosas diferentes, debemos cambiar la perspectiva. Es lo que hemos logrado en esta sesión. En cuanto Juanjo empiece a trabajar el amor a sí mismo, decir que no irá dejando de ser un problema.

¿Qué vas a hacer con eso que has visto? Esta pregunta va dirigida a que elabore un plan de acción. Está muy bien que haya visto dónde radica su problema, pero si no se pone en marcha, de nada le habrá servido verlo.

No entraré en detalles acerca del plan que él mismo elaboró en la sesión. Pero he de decir que el Juanjo que vino a la segunda, dos semanas después, era ligeramente distinto al de la primera. Su mirada era diferente, su corporalidad había cambiado, incluso el tono de su voz era otro. Me contó lo que había hecho, hablamos de cómo algunas cosas de las que se propuso le habían costado más que otras, y de cuál había sido su evolución. Incidimos en aquellos aspectos que le habían resultado más difíciles de llevar a cabo, y analizamos cuáles habían sido los obstáculos. A partir de ahí, empezamos con la nueva sesión.

El proceso duró seis sesiones. Él mismo me dijo que ya estaba listo para “volar solo”. En eso consiste el coaching. En que el coachee adquiera las herramientas necesarias para no depender del coach, ni de nadie. En que se haga responsable de su vida, de su nueva vida. Una nueva vida a la que se llega tras tomar conciencia de lo que está ocurriendo, y, sobre todo, a base de trabajar para cambiar el rumbo. Los coaches no hacemos magia. Pero sí ayudamos a las personas a ser más felices.

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