Como en las viejas historias marineras de mensajes encapsulados en una botella, escribo esta carta con la esperanza de que algún político sensible la lea. Algún político español preocupado por el oprobio de tener que reconocer, como española, que nuestra clase política, tras dos elecciones generales sin formar gobierno, es una clase incapaz de proponer un pacto de investidura mínimo para salir de la ingobernabilidad. De unos supuestos líderes políticos que aprovechándose de la insoportable levedad de agosto nos están brindando unas olimpiadas paralelas, la de un juego táctico donde solamente ganan ellos.

Rajoy saca réditos hasta del calor agostí. Maneja el status quo hasta la exasperación, sabedor de que lo mejor para cualquier monopolista, es disfrutar de sus votos cautivos si no hay amenazas en el horizonte. Y abusa de su poder porque hasta ahora la “calidad” de nuestras instituciones democrácticas, con un sistema electoral de circunscripción provincial, mayoritario, con partidos políticos secuestrados por sus comités directivos, con unos candidatos acorazados por listas cerradas y la falta de democracia interna, se lo permiten.

La propuesta pactada de Ciudadanos, unos requisitos de regeneración democrática y lucha contra la corrupción, en su mayoría asumidos ya en parte por el PP o con amplio margen para la indefinición política, sonaban a una respuesta desesperada de un partido que se estaba consumiendo, pero al menos, eran una salida digna que servía para para poner cartas sobre la mesa.

Del resto, no hemos visto alternativa en estos días. Por no ver, no les hemos visto ni a ellos. Una cosa es manejar los tiempos políticos, otra, dejar plantada a la ciudadanía. Entre ambas, hay alternativas de comunicación posibles.

De nada sirve aquí acusar al otro de falta de sentido de responsabilidad, de sentido de Estado. Para romper situaciones de monopolio político, y captura democrática es preciso una implosión como fue en su día la esperanza ciudadana canalizada en nuevos partidos políticos y como ha de ser ahora, una alternativa política contundente en la responsabilidad política de sus proponentes y armada sobre la base de unos mimbres programáticos mínimos. Eso es lo que necesitamos para arrancar la legislatura. No se pide más.

Mientras la deuda pública española está en su nivel más alto en términos absolutos, desde 1909, un 100,9% del PIB, y una acumulación de deuda de unos 80.000 millones de euros al año. Y en Bruselas esperan a que diligentes nosotros, les presentemos el 15 de octubre los deberes hechos.

Entre la insoportable levedad de Rajoy y el agotamiento torticero de los plazos procesales, el tacticismo contumaz de otros, disfrazado de coherencia política, y las ausencias del resto, los ciudadanos asistimos a un filibusterismo estéril, al descrédito de una clase política que luego querrá recuperar a golpe de pantalla, los réditos de fracasos ajenos.

En política, como en todos los órdenes de la vida, todos tenemos que asumir nuestra parte de responsabilidad. Unos en el liderazgo de formar gobierno, en la presentación de propuestas, o en la interlocución ciudadana.

Mientras la pelota política se pasa al adversario, las deudas económicas pasan a las futuras generaciones de españoles y la democracia española pierde crédito, como ciudadana solo quiero decir a quien corresponda, que sean capaces de estar a la altura de la confianza depositada por sus votantes.

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