Juguemos a uno de esos juegos de comparar la teoría con la realidad. Empecemos: todos sabemos para qué sirve el Gobierno y para qué sirve la oposición. Al menos, aquellos de nosotros que creemos que la democracia parlamentaria es más útil y saludable que la dictadura (caso de Bielorrusia) o la ley del más fuerte (caso de Somalia o Sudán del Sur, por poner ejemplos recientes).

En teoría, el Gobierno sirve para gobernar y la oposición, para corregir sus errores. El mecanismo democrático se asegura de que, cuando el pueblo se dé cuenta de estos errores gracias a las advertencias de la oposición, el partido del gobierno pierda unas elecciones -que se repiten con cierta frecuencia para permitir esto último- y los opositores vean recompensados sus esfuerzos subiendo al poder y reparando los errores que ellos mismos denunciaron.

Hasta ahí, todo bien. De hecho, podemos resumir todo este proceso en la ecuación mágica de la democracia. “Denunciar los errores del Gobierno es rentable porque permite acceder al poder”. La receta que permite -y premia- controlar el poder del Primer Ministro, del presidente autonómico o del alcalde de turno. Pero ahí es donde empiezan los problemas.

Porque si denunciar los errores del que gobierna le lleva a uno al poder… ¿por qué esperar a que se cometan errores para denunciarlos? Si el partido opositor no tiene escrúpulos (y francamente, parece haber pocos que los tengan, si es que aún queda alguno), empezará simplemente a denunciar todo lo que haga el Gobierno nacional, regional o local como vía rápida para alcanzar el sillón. Y eso es exactamente lo que lleva décadas ocurriendo.

¿Pensáis que me equivoco, o que peco de cinismo? Comprobadlo. Tomad cualquiera de las medidas propuestas por el alcalde o la alcaldesa de la ciudad en la que viváis. Leyes fiscales, laborales, sociales o festivas, las que sean. Y fijaos la respuesta de la oposición; sin contar, naturalmente, a aquellos partidos que hayan apoyado con su voto la investidura (porque estos necesitan defender al gobierno local a fin de justificar su voto). ¿Qué es lo que veis?

Siempre, sin excepción alguna, a los partidos opositores la medida de turno les parece mal. Si su ideario está en contra, porque lo está, y si está a favor, porque se queda corta. El caso es no reconocer las medidas por su utilidad de cara a los ciudadanos, evaluar si le sentarán bien o no al conjunto de los españoles, el caso es criticarlas sea como sea. Porque, como hemos dicho antes, las críticas despejan el camino al Sillón.

La cuestión es que esto desvirtúa el principio de la democracia parlamentaria. No existe el control al Poder cuando ese control deja de pasarle examen cuidadosamente para criticarlo día sí, día también. Todo con el propósito de sustituir a quien detenta ese Poder y, una vez en él -¡sorpresa!-, considerar que nada de lo que hace entonces está mal. Por poner, un ejemplo, nadie confiaría en un maestro de escuela que empezara la jornada escolar gritando “¡Inútiles! ¡Estáis todos suspensos de antemano!” Y nadie debería confiar en un partido que hace precisamente eso a diario.

Pero ocurre. La gente confía en ellos. En vez de reflexionar y decirse que partidos así, que siempre operan de la misma forma, no son fiables como analistas de la política, los ciudadanos se identifican con el que más les gusta y repiten como un mantra todas y cada una de las críticas del partido. Hasta tal punto que existen conservadores que no sabrían mencionar ni una medida positiva de las dos legislaturas de Zapatero o progresistas que no sabrían citar una sola ley provechosa de las etapas de Aznar. Derechistas que creen que Carmena es el diablo e izquierdistas que piensan lo mismo de Gallardón. Al cien por cien. Ni un acierto. Todo desgracias.

La clave para que la democracia funcione como mecanismo de evaluación es que permita las recompensas tanto como los castigos. Mientras sigamos dividiéndonos en dos grupos sin criterio alguno (los pro-gobierno, que creen que toda ley es buena y los pro-oposición, que piensan que todas son malas), entonces la democracia permanecerá atrancada y no nos molestaremos en saber qué leyes nos benefician y cuáles no.

Los partidos políticos, claro, se frotan las manos al ver esto. Nada les gusta más que una horda de simpatizantes que jamás discute su opinión.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

4 × cuatro =