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Retomo hoy historias que he vivido; en algunas fui testigo y en otras solo por el recuerdo vivido. Han transcurrido algunos años desde aquella mañana lluviosa. Doña Enriqueta, la comadrona, tenía trabajo por delante; atendía un parto y en esas estaba yo, sin saber hacer ni nada entender. Nací, seguí y en esas estamos. Desde entonces protagonista y comparsa a mi aire de la historia. Fue un 22 de julio.

Históricamente el día no ha dado mucho de sí, aunque algún acontecimiento ha acaecido. Lo primero recuerdo, aún sin saberlo, son las inundaciones del norte de Italia, Creta y el tsunami en la ciudad de Alejandría; corría el 365 año de nuestra era. Sufrimos sin saber si saldríamos adelante. La última es de 2011, en Oslo y Utoya, Noruega. Murieron 77 personas, víctimas del terrorismo fascista. Me salve si saber cómo. Fue el desastre más importante en Noruega desde la Segunda Guerra Mundial. No es cuestión de comparar, porque la tragedia humana es siempre una y terrible. Pero no es menos el dolor por terrorismo, que el producido por las guerras declarada entre países, supuestamente racionales, por intereses alejados de las necesidades de la gente.

En Bailen, el 22 de julio de 1808, se consumó la rendición de las tropas napoleónicas en la batalla de Bailén. Otro gallo nos cantara si las fuerzas napoleónicas hubieran ganado. Pero la historia es como es y lo que trasciende es lo que queda. Napoleón perdió la batalla, con sus 21.000 soldados, al mando del general Dupont, frente a unos 27.000 soldado españoles que estábamos a las órdenes del madrileño general Francisco Javier Castaños Aragorri Urioste y Olavide, duque de Bailén, que falleció a los 94 años de edad, en la más absoluta penuria económica (yo le advertí sobre lo que podía ocurrir). Fernando el VII, como buen Borbón, no le reconoció debidamente sus servicios; es cuestión de casta. Sin aquella derrota, la bandera sería roja, blanca y azul y el eslogan «Liberté, Égalité, Fraternité». El mío es parecido: igualdad, justicia social y solidaridad.

En Sevilla, 1931, se declara el estado de sitio por la huelga revolucionaria convocada por los sindicatos. Comenzaban unos años convulsos que sufrimos y que nos llevaron al golpe de Estado de la derecha contra la democracia encarnada en la República. El 22 de julio de 1936, fuerzas republicanas sofocaban la sublevación en Guadalajara, mientras fuerzas fascistas toman el Alto del León, paso obligado entre Segovia y Madrid, frente vivo hasta el final de la contienda. Las ciudades de San Roque, Algeciras y La Línea de la Concepción, son bombardeadas por barcos leales a la República: Jaime I, Cervantes y Libertad. Uno de los proyectiles hizo blanco en el Morro de Gibraltar, lo que estuvo a punto de crear un conflicto internacional. Algunos siguen gritando ¡Gibraltar español!, que lo es, pero que no será, mientras los intereses geoestratégicos apunten hacia las latitudes que apuntan.

Durante la dictadura franquista, en 1941, el 22 de julio comenzó a emitir para España, desde Moscú y más tarde desde Bucarest, la emisora La Pirenaica, Radio España independiente, que hasta el 14 de julio de 1977 siguió emitiendo como radio libre y que hoy echamos de menos. ¡Qué noches de escuchas clandestinas! En 1967, Fernando Arrabal fue juzgado y encarcelado por el delito de blasfemia. Hoy podemos ser detenidos, no solo por blasfemos, sino por no llevar al cuello la identidad personal. También por informar podemos ser detenidos. Y los denunciantes de los casos de corrupción sin protección.

En las postrimerías de la vida de Franco, el dictador, que fue mantenido con vida a pesar de todo, vía intereses familiares y del régimen, el periodista José María Huertas Clavería, ingresó en la cárcel Modelo de Barcelona, por un reportaje publicado en Tele/eXpres, titulado «Vida erótica subterránea». Huertas, afirmaba que «Un buen número de ‘meublès’ (prostíbulos) están regentados por viudas de militares», frase que molestó a algunos cargos del Ejército. La libertad de expresión y de ser informados eran perseguidos con amenazas de cárcel. Ahora con la «ley mordaza» altas multas que llegan hasta 600.000 euros (como cien millones de pesetas de entonces). Recuerdo aquello con horror y me estremezo al pensar que nos acercamos al pasado.

En 1975, meses antes de la muerte del dictador, se produjo en la localidad sevillana de Paradas el Crimen de Los Galindos, cortijo donde fueron asesinadas 5 personas. Me acerqué a los lugares del crimen, recordando que en mi tiempo conocí hasta tres crímenes que violentaron mi vida y recuerdo como si hubiera sido protagonista de los acontecimientos. Me refiero al famoso «caso de Jarabo», que fue detenido el 22 de julio, «el crimen del baúl», en la calle Hermosilla y «las 17 puñaladas» en San Blas. También el «asesinato del torero». No fui testigo directo, pero ocurrieron en mi barrio.

Con mis veinte años cumplidos, el 22 de julio de 1969, conocí que Franco había designado a Juan Carlos de Borbón y Borbón su sucesor a título de rey, con el título de príncipe de España, saltándose la norma sucesoria de la historia. Bien se encargó de aclarar que se trataba de una «instauración», una nueva monarquía y no una restauración. «Juro lealtad al Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento y a las Leyes Fundamentales del Reino». «Si así lo hiciereis, que Dios y la Patria os lo premien sino que os lo demanden». Fue un perjuro.

De 1969 a 1977 habían pasado ocho años y escenario era el mismo. El 22 de julio, se celebró la solemne apertura de las Cortes Constituyentes, en la que Juan Carlos de Borbón, el I, reconoce la soberanía del pueblo español. La reconoce, sin cedérsela. Hasta entonces a la justicia no se la conocía, a partir de aquí no es igual para todos pese a lo que digan. El rey, que reina, pero no gobierna, medra y borbonea, está por encima de la ley. Su persona es irresponsable según la Constitución. Cosas que no se entienden, salvo porque en España, todo quedó atado y bien atado. Herencia del franquismo y ahora por la gracia heredera de sus aliados.

En el año 2000, José Luis Rodríguez Zapatero, se convirtió en el nuevo secretario general del Partido Socialista Obrero Español, con el 41,69% de los votos de los delegados socialistas reunidos en el 35 Congreso. Momento en el que mi declive como militante en el partido llegó a su límite y abandoné por prescripción ideológica.

No soy menos socialista por no estar en sus filas. Defiendo la igualdad real y efectiva entre las personas, la justicia social y la solidaridad; soy republicano, por decencia y dignidad y en ello sigo. He transitado durante sesenta y nueve años.

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