La final de la Copa del Rey comenzó con los resbalones como protagonistas. Una de dos o se pasaron con el riego desde que acabó el calentamiento o los futbolistas, algo habitual, se equivocaron con los tacos. Y ese estado del césped provocó más entradas duras, por parte de los vitorianos, de las que a lo mejor hubiéramos visto en otras circunstancias.

Una lástima que Mascherano  antes del décimo minuto debiera salir del campo por un choque fortuito con Marcos Llorente, vaya jugador tiene, por cierto, el Real Madrid. El jefecito es un ejemplo dentro y fuera. Que no sea nada grave lo suyo. Su sustitución creo un doble problema al Barcelona. Perdía a un hombre fundamental y en su lugar salía André Gomes. De lateral. Si ha fracasado en todas las posiciones del centro del campo, en esa posición no se podía esperar mucho de él. No sé lo que tiene Luis Enrique con el luso pero es, sin duda, su niño bonito.

Hasta la media hora el Alavés dio la cara, la más clara ocasión fue suya en los pies de Ibai, y a partir de ese momento, la locura en cinco minutos. Al golazo de Messi, marca de la casa, le siguió el lanzamiento de falta directo de Theo. Atlético hasta el 30 de junio, parece que blanco después de ese día. Este chaval, diecinueve añitos, se ha convertido en una de las grandes revelaciones de la temporada.  Llama la atención que a Simeone se le haya escapado el lateral. Ya digo, atlético de momento, que debutó en el Calderón en esta final con una indumentaria que no era rojiblanca.

Por fin una acción acertada de Gomes propició el gol de Neymar, ¿en fuera de juego?, y después llegó el de Alcacer. Golpe duro para los de Pellegrino que estaban al borde del descanso con un empate y se fueron al vestuario con dos goles de desventaja. A todos aquellos colegas que les gusta tanto hablar de las diferencias de presupuestos, nada les podía extrañar ese 3-1. Pero los vitorianos podían estar con las cabezas bien altas.

El segundo tiempo fue una historia ya escrita. Con el Alavés, digno de elogio, luchando todos los balones y un Barcelona jugando como más le gusta. Podían soñar los vitorianos con un milagro. Pero hasta para quien crea en ellos sabía que era algo imposible.  Siempre más cerca del cuarto gol azulgrana que el segundo vitoriano. Aunque no cejaron  aquellos  que ya tenían todo en su contra.

Nadie puede dudar de la justicia de la victoria azulgrana. Menos vistosa de lo esperado. Quizás porque su rival no le permitió exhibiciones previstas. Luis Enrique se va del Barça con el título que menos quería ante un Alavés digno rival en la  final de Copa.

 

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