Cuatro meses a la papelera. Cuatro meses preciosos que los líderes de los principales partidos políticos han tirado por la borda entre negociaciones imposibles, cambalaches, mentiras y cintas de video, como en aquella vieja película de los ochenta. Cuatro meses que hemos perdido miserablemente cuando lo que necesitaba el país era un amplio programa social para rescatar a millones de españoles víctimas de la mayor crisis económica y política de la historia contemporánea y un proyecto de reformas constitucionales de toda índole, visto que el edificio institucional de la democracia española hace aguas por todas partes.

Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera, en parte por egoísmos partidistas e incompetencia para el acuerdo y el pacto, en parte por interés electoralista, nos abocan a unos nuevos comicios que supondrán más gastos superfluos de campaña (por si España no tuviera ya bastante gasto con la crisis) y un nuevo atracón de mítines y promesas que sin duda agravarán el hartazgo y la desafección del ciudadano hacia los partidos políticos.

Pero ahora que el Rey acaba de dar por finiquitadas y agotadas las rondas de negociación para formar Gobierno, y tras haber convocado nuevas elecciones para el 26J, ha llegado el momento de hacer balance sobre la actuación de cada cual en este largo, tortuoso e infructífero periodo de contactos.

Mariano Rajoy. Si tuviéramos que definir cuál ha sido la aportación del presidente del Gobierno en funciones en todo este proceso de negociación, podríamos reducirlo a una sola palabra: nula. El líder del PP se ha limitado a dejar pasar el tiempo, a dejar que la situación embarrancara, a procrastinarse sin ningún pudor (Rajoy es un gran procrastinador), como si los contactos para intentar formar Gobierno no fueran con él.

Mientras las demás fuerzas y líderes políticos se ponían manos a la obra, abrían rondas de conversaciones, redactaban documentos e intentaban ponerse de acuerdo, el presidente, en un ejercicio de pasotismo político irresponsable, se lavaba las manos y se limitaba a soltar chistes y ocurrencias sobre el proceso (“estos cuatro meses han servido para que todos nos conozcamos un poco más”), una bromas más bien con poca gracia.

Para la historia de España quedará la famosa espantada que dio ante el Rey Felipe VI en la Zarzuela, donde se justificó con el monarca alegando que el PP no podía formar Gobierno pese a haber sido la lista más votada (123 diputados) sencillamente porque no tenía apoyos para ello. ¿Pero qué hizo en realidad el presidente para propiciar tales acuerdos? ¿Se puede decir que Rajoy ha hecho verdaderos esfuerzos por conseguir los escaños que le faltaban? Es cierto que sus políticas de recortes que tanto daño han hecho al país en los últimos años y los escándalos de corrupción (ante los que por cierto Mariano Rajoy se ha mostrado más bien tibio y permisivo) dificultaban que las demás fuerzas políticas quisieran sentarse a negociar con él en la misma mesa.

Es cierto que los restantes líderes, como el socialista Pedro Sánchez, que llegó a llamarle “indecente” en un debate televisivo durante la campaña del 20D, lo miraban con recelo y hasta como un apestado al que no había que acercarse bajo ningún concepto. Pactar con el PP era poco menos que pactar con el diablo y la corrupción. Pero no es menos cierto que Rajoy ni siquiera ha podido lograr los apoyos necesarios para ser investido presidente con los votos de Ciudadanos, un partido con el que mantiene numerosas afinidades ideológicas. Y aquí cabría plantearse si el auténtico escollo para Rajoy no ha sido otro que el propio Rajoy. Quizá si el presidente hubiera dado un paso al lado, dimitiendo de un cargo para el que ya no estaba legitimado por su responsabilidad directa en tantos asuntos turbios de corrupción como se han descubierto en el seno de su partido, hubiera sido posible para el PP la formación de un Gobierno siquiera provisional.

Pedro Sánchez. Nadie  puede discutir que el secretario general del PSOE, bien porque era su momento para llegar a la Moncloa, bien por el talante negociador y dialogante que siempre ha caracterizado a los socialistas a lo largo de la historia, ha hecho todo lo posible para formar un Gobierno.

El problema ha sido con quién ha realizado más esfuerzos. Y aquí ha quedado patente que Sánchez, llegado el momento de decidir si apostaba por un acuerdo con un partido de centro-derecha como Ciudadanos o con las fuerzas de izquierdas, se decantó finalmente por firmar el famoso pacto con el partido de Albert Rivera que enervó a las fuerzas progresistas.

Fue el momento crucial de todo este proceso, cuando el líder del PSOE se lo jugó todo a una carta buscando apoyos en el partido naranja, quizá dejándose llevar por las fuertes presiones internas de sus barones, que de ninguna manera querían un acuerdo con Pablo Iglesias, al que consideran un demonio radical.

Sánchez debió pensar que si la moneda salía cara, quizá otras fuerzas como Podemos se sumarían finalmente al pacto con Ciudadanos, logrando una nada desdeñable cifra de 199 escaños, es decir, mayoría absolutísima para gobernar. Sin embargo, si salía cruz, la izquierda le daba la espalda y Sánchez perdía la batalla y probablemente la mejor oportunidad de toda su carrera para llegar a la presidencia del Gobierno.

Lamentablemente para él, la moneda dictó sentencia, Podemos se negó a cualquier pacto a tres en el que estuviera Rivera y su sueño de ser presidente del Gobierno quedó frustrado, probablemente para siempre. Ahora queda en una difícil posición, cuestionado por los barones de su partido, ante unas primarias inciertas y con la incertidumbre de si los electores socialistas le premiarán o le castigarán por su arriesgada apuesta, que al final no ha traído el cambio político sino cuatro meses de tediosas e inútiles negociaciones que no sirvieron para muy poco. El PSOE camina, más que nunca, sobre un alambre.

Pablo Iglesias. El líder de Podemos, como referencia y estandarte de la tercera fuerza más votada tras el 20D, ha sido quizá quien ha mantenido una posición ideológica más coherente a lo largo de estos cuatro meses de negociaciones. Siempre ha seguido una línea de discurso consistente y siempre ha mantenido la mano tendida a un acuerdo con el PSOE para formar un Gobierno de izquierdas a la valenciana.

Si finalmente no se ha conseguido el objetivo no ha sido por culpa de Podemos, que en todo momento ha estado dispuesto a entrar en ese futuro Gobierno del cambio, sino porque el núcleo duro de la ejecutiva socialista sigue mirando con recelo a la formación morada, a la que considera como un competidor peligroso que le quiere comer la tostada por la izquierda.

Resultaba chocante y un tanto extraño escuchar a Sánchez decir que le salían las cuentas pactando con Rivera, cuando solo sumaba 130 escaños, mientras que no le salían firmando con Podemos, lo que le daba 161 diputados, sumando los dos escaños de IU.

Es innegable que la calculadora se le volvía loca al líder socialista, y las hasta las matemáticas elementales fallaban, cada vez que a  Sánchez se le planteaba un pacto auténticamente de izquierdas. De esta manera, visto el viraje del PSOE a la derecha, Podemos sale sin duda reforzado como referente claro de la izquierda en España y quizá ese era el objetivo último de Pablo Iglesias.

El líder “podemita” no podía firmar de ninguna manera un acuerdo en el que estuviera implicado Ciudadanos, porque eso era tanto como claudicar de sus propias ideas, traicionar a su electorado y hacerle un flaco favor a la izquierda española. Ha hecho bien Iglesias en mantenerse firme en sus posiciones, pese a que indudablemente ha cometido errores de bulto durante estos cuatro meses, como marcar a las primeras de cambio una línea roja innegociable con el referéndum de autodeterminación de Cataluña, postularse vanidosamente como vicepresidente de un futuro Gobierno comandando por el PSOE y soltarse la melena con algunos chistes facilones dichos en sede parlamentaria que no venían demasiado a cuento. Pero tras este periplo azaroso, quién sabe si después del 26J Iglesias no ha dado ya el ansiado sorpasso al PSOE y se convierte en el primer líder de la oposición.

Albert Rivera. El máximo responsable de Ciudadanos ha jugado bien sus cartas y quizá haya sido, de los cuatro líderes involucrados en este episodio de las negociaciones, quien ha sacado más tajada y provecho del río revuelto.

Su pacto con el PSOE fue un golpe de efecto que agradó a sus bases y despertó la curiosidad de una parte del electorado que no le había votado el 20D pero que empezó a ver a Rivera como un líder dialogante capaz de llegar a acuerdos y pactos incluso con partidos rivales.

Ha sabido revestirse con el traje de hombre reformista y moderado para y “camelarse” a Sánchez, cerrando así el paso a cualquier posibilidad de un pacto de izquierdas entre el PSOE y Podemos. La habilidad estratégica de Rivera para saber situarse en el lugar que más le conviene en cada momento, personal y políticamente, es un don que sin duda le rendirá éxitos en el futuro.

Otra cosa es que su oportunismo político sea lo que más le conviene a España en este delicado momento. Sus propuestas neoliberales sobre economía y empleo no hacen sino profundizar en las políticas duras del PP que se han revelado inútiles para sacar al país de la crisis y el paro galopante. Si Iglesias quiere darle el sorpasso al PSOE, Rivera quiere dárselo al PP, y será apasionante estudiar detenidamente, después del 26J, cuántos votantes ha sido capaz de robarle el habilidoso Rivera, por la derecha, al indolente y pasota Rajoy.

Y por encima de todas estas consideraciones cabe hacerse una, quizá la más importante de todas: ¿irán los ciudadanos a votar el 26J o desencantados y estragados ante tanto fracaso y manipulación caerán en el pozo de la abstención?

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