Si a David Trueba, tan profeso atlético como gran autor, le hubieran encargado escribir un guion simplemente para los primeros quince minutos de este encuentro de vuelta de las semifinales de Champions no le hubiera salido tan bien, y mira que es difícil, como lo que se vio en ese tramo enla despedida europea del Calderón.

Antes hubo ocasiones en las dos porterías, pero antes sin culminar ese cuarto de hora el Atlético había reducido al mínimo la ventaja del Real Madrid. En dos jugadas a balón parado, los de Simeone  veían que su sueño comenzaba a convertirse en una posible realidad.

En menos de media hora ese sueño, que lo era, se cayó como un castillo de naipes. Todo gracias a una jugada de Benzema que solo él puede hacer. Porque le achacan falta de sangre, pero si no hubiera actuado con esa frialdad a la hora de hacer los regates y el último pase, el Real Madrid estaría en el descanso en una situación más que incómoda.

Porque marcó Isco, pero sus compañeros se fueron a abrazar al francés. Iniciador del principio del fin del Atlético. Obligado a marcar tres goles en el segundo tiempo. Los rojiblancos entendieron, como ya se vio antes, que el juego trabado podía darles algún rédito. Porque Gabi, entre otros, decidieron que el cuerpo blanco era mejor objetivo que el balón. Y mientras tanto, Benzema a lo suyo. Lejos del área propició las mejores jugadas para sus compañeros. El francés estaba enchufado. Imagino, no será así, que se reconcilió definitivamente con la afición blanca.

Al Atlético no sé si le faltaban más ideas o fuerza. Su corazón se negaba a aceptar lo que les debía decir su cerebro. Habían doblegado la rodilla desde ese 2-1. Lo que no les quita un ápice de mérito. Hay que tener bemoles para intentar remontar tres goles en contra.

Comprendo las ganas de los comentaristas por dar emoción al partido. Con el marcador como estaba, que nadie se olvide, el Atlético necesitaba marcar tres goles. Y pasaban los minutos, como una losa para los locales. El Madrid no tenía ninguna necesidad en buscar, a lo loco, el empate. Les daba igual perder este partido, la eliminatoria era suya. Y la final.

Ya es costumbre que el francés sea la primera sustitución de su compatriota. Nunca se queja. Los cambios del Atlético eran a la desesperada. Los del Madrid para buscar una ocasión para dar la vuelta al resultado. Algo que, repito, no necesitaban. Mientras, en la grada, hasta el último minuto en que estuvo un jugador atlético en vestuarios, no faltaron los gritos de aliento. Tan digno de mérito como estéril para lo que los futbolistas de Simeone querían. Los últimos minutos  sí que pudieron ser denominados como los de la basura. Todos sabían lo que estaba pasando. Lo que ocurrió. Con una tromba de agua para, repito, despedir al Calderón de competiciones europeas. En su penúltima presencia en nuestro fútbol. Elogios sobran  para ese estadio que tan grandes gestas ha visto. Ayer, no. Una excelsa jugada de Benzema rompe el sueño de quince minutos de primavera del Atlético.

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