Erigido en sí mismo como juez y víctima, condenado a vivir en la trémula consideración que procede de hacer de la paradoja su única esperanza, (pues solo en la contradicción encuentra a menudo el condenado a muerte la fuerza para seguir resistiendo); es como el Hombre Moderno concibe su pérfida en tanto que la misma encierra en sí todos los males, los cuales no le son desconocidos, pues solo a él pueden serle atribuidas las manifestaciones destinadas a su creación.

Vida, males, procederes… Matices a lo sumo de un hacer, que requiere para funcionar de un exceso de ego, pues está llamado a ser considerado como forma de vida; cuando en realidad de poco más que de supervivencia habría de ser tratada toda consideración destinada a gozar del respeto de propios y extraños, llamada a ser respetada por los que fueron, y a lo sumo escuchada por los que están destinados a venir.

Se somete pues una vez más el Hombre Moderno a la incipiente condena que a modo de penitencia se inflinge a sí mismo cada vez que ya sea por medio de la moral, o por esa perversión que ha resultado ser la ética, asume de buen grado la  renuncia a su gran poder (ese del que no se atreve a hablar, y que de hacerlo le llevará a comparecer ante el tribunal que, conformado por iguales solo tiene poder en la medida en que éste le ha sido atribuido); y se olvida ya incluso de llorar la pérdida de lo que una vez fue el verdadero poder. Poder para vivir en plenitud, poder para decidir sobre la vida y la muerte, poder para vivir sin necesidad de tener que buscar fuera las causas a todas esas potencialidades que, de llegar a realizarse, lo convertirían sin duda en un verdadero dios.

Pero todo eso se perdió. Es más, no llegó tan siquiera a realizarse. Y si no llegó a realizarse fue porque el obrar de ciertas estructuras hoy todavía más activas de lo que estamos dispuestos a aceptar, conspiraron para que el mero hecho de llegar a pensarlo se tornara en algo mezquino y miserable. Pero: ¿Merece en realidad algo que solo está construido de ideas (la misma materia de la que están hechos los sueños), ser tratado de mezquino y miserable? Se ve que sí, pues tales pensamientos no solo fueron condenados al olvido, sino que fueron además enterrados bajo el infinito peso de la lápida que es el pecado, con el fin de que nunca más fueran vueltos en luz.

Pero todo lo que puede ser pensado es digno ya solo por ello de la segunda oportunidad en la que se convierte el hecho de ser concebido. Es el pensamiento lo propio del Hombre (Aristóteles); Y el medio propio del pensamiento son las ideas. Es por eso que tales ideas, lejos de desaparecer, se mitificaron, crecieron, se adaptaron, esperando tan solo su oportunidad. Una oportunidad que habría de surgir cuando la frustración derivada de la insatisfacción del Hombre respecto de la realidad que le es propia, lo condujera en pos de una realidad capaz de satisfacer todas esas necesidades que por proceder de los rincones más oscuros y truculentos del hombre, tornan los sueños en pesadillas, y descubren al hombre en su verdadero poder.

Por eso, y solo por eso, es DRÁCULA una obra concebida en el infinito del tiempo, que solo puede ver la luz en la conspiración que el tiempo juega hasta dar lugar al instante que se torna real hace justo hoy ciento veinte años.

No es Drácula, de STOKER, una obra al uso. No lo es por su naturaleza objetiva (a la que podríamos aproximarnos en términos objetivos pues la obra da para eso y para más), ni lo es por supuesto en término alegóricos, pues en la misma se dan cita esos recónditos elementos (llamados a materializar las más oscuras pasiones del Hombre), que solo en el universo del sueño tienen cabida (el sueño, a saber el último refugio que le queda al Hombre para seguir ejerciendo de tal).

Por ello, la obra no puede ni debe ser escrita en cualquier momento, pero sí puede serlo por cualquier pluma. Bastará con que ésta renuncie a su autonomía, y se entregue de manera voluntaria a esa fuerza recóndita que con forma de impulso, de instinto si se prefiere, estará llamada a alumbrar un relato que es mucho más que un relato.

Si el proceso les suena, es porque como nos ocurre a la mayoría, no solo hemos leído Drácula, sino que en el fondo hemos sido cautivados por esa extraña reverencia que todo hombre tributa al poder, ya sea cuando se postula como ejecutor del mismo (lo propio de los llamados a ejercer el poder), o cuando se posiciona en el lado de los débiles (el espacio propio de los llamados a sucumbir).

Se reconoce además la referencia al protocolo que en todo momento dota de coherencia a la obra, y que se observa en el proceder llamado a guiar las relaciones que se dan entre los personajes. Relaciones en las que se reconocen no ya los procederes propios de una época (el siglo XIX), que sí más bien las neurosis propias de una sociedad que incapaz de dar rienda suelta a sus pulsiones, se muestra igualmente incapaz de inhibirlas de manera satisfactoria.

Porque en el fondo, además de muchas otras cosas, de eso trata Drácula. De la eterna insatisfacción propia de la sed nunca satisfecha. Del dolor de reconocer la frustración en el instante justo en el que el reconocimiento de lo deseado quiebra nuestro espíritu ante la paradoja de reconocer la imposibilidad de verlo satisfecho. En una palabra, de la desgracia que supone saber que nuestra condición de hombres ha de revelarnos la existencia de licores reservados a los dioses. Licores a los que el Hombre tiene acceso tan solo a título de camarero pues los dioses son tan cínicos, que obligan a los hombres a servirlos (como si de una gran fiesta se tratara).

Pero siempre habrá, porque ya los hubo, hombres que no se resignan a vivir viendo esos licores pasar. Hombres que como Prometeo, se subleven no ya solo contra la condición de los dioses, sino a la sazón contra su propia condición de hombres (en la que no lo olvidemos inexorablemente va implícita la condición de esclavos), enfrentando a los hombres con su propia imagen, imagen que se construye a partir de la noción de aquello a lo que renunciaron.

Renuncia, el elemento llamado a aportar consistencia a esa gran mentira que bajo la pátina iridiscente de la construcción cultural ha llamado al hombre una y otra vez a renunciar a todo aquello que le es propio, aportándole siempre los aditamentos destinados a convertir esa mentira bien urdida, en la que a la postre será la única realidad).

Realidad, correlato, en última instancia la traducción efímera en tanto que debe toda su consistencia a la instantaneidad procedente de lo que es actual, y que está llamada a desmoronarse ante el peso cuasi infinito de una estructura mucho más sólida toda vez que construida a base de milenios de tradición. Una tradición en la que consideraciones como eterno retorno, poder, superación y búsqueda de la satisfacción de la felicidad conforman un escenario en el que no solo reconocemos una época, sino incluso a algunos de sus protagonistas.

Porque si bien Drácula de Bram STOKER ve la luz como relato hace ahora justo 120 años, uno de los principales motivos por los que tantos años después sigue levantando pasiones estriba precisamente en lo eterno y casi elemental de las realidades humanas que tras las metáforas emergen.

Así como el diván sirve para que el terapeuta se introduzca en lo más profundo de la mente del paciente hurgando en sus sueños, con la esperanza de alumbrar al verdadero hombre que se encuentra agobiado por la represión; es como la obre se erige en resultado de una superación del trauma que la cultura inflinge a un hombre que para seguir viviendo, tiene que alienarse viviendo una vida que no le es propia, toda vez que en su vivencia no se reconoce.

Por eso, porque no se reconoce, el Hombre se subleva. Y Drácula es el resultado de una sublevación que lleva siglos pergeñándose, pues si bien STOKER escribe su obra en Irlanda, lo hará a través de la interpretación de cientos de relatos llamados a poblar el folklore y la tradición que desde la Edad Media han copado la noción de pasado global de toda Europa. Porque pocas cosas unen más que los miedos. O por ser más exactos, es una realidad histórica y cultural demostrada la que pasa por constatar en qué medida ciertos miedos o sus versiones son reconocibles a lo largo y ancho de todo el mundo, repitiéndose a lo largo de las infinitas eras del tiempo.

Son por ello los miedos que se describen en Drácula los miedos de una sociedad, los miedos de una época. Pero son los miedos frustraciones, elemento tóxico llamado a incendiar el alma hasta hacer sucumbir al hombre; o en el peor de los casos fuego llamado a incendiar la mecha destinada a provocar la explosión que haga saltar por los aires el escenario baldío erigido para contener la enésima representación destinada a ocupar la noción de los destinados a no tener nada, y por supuesto menos que nada noción de lo que está llamado a conformar su realidad. 

Es por eso que Drácula fue escrito en el momento adecuado, un momento por otro lado reconocible hoy, pues no en vano nunca como ahora es tan reconocible el proceso por el que unos le chupan la sangre a otros, que lejos de sublevarse se entregan casi agradecidos.

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Natural de La Adrada, Villa abulense cuya mera cita debería ser suficiente para despertar en el lector la certeza de un inapelable respeto histórico; los casi cuarenta años que en principio enmarcan las vivencias de Jonás VEGAS transcurren inexorablemente vinculados al que en definitiva es su pueblo. Prueba de ello es el escaso tiempo que ha pasado fuera del mismo. Así, el periodo definido en el intervalo que enmarca su proceso formativo todo él bajo los auspicios de la que ha sido su segundo hogar, la Universidad de Salamanca; vienen tan solo a suponer una breve pausa en tanto que el retorno a aquello que en definitiva le es conocido parece obligado una vez finalizada, si es que tal cosa es posible, la pausa formativa que objetivamente conduce sus pasos a través de la Pedagogía, especialmente en materias como la Filosofía y la Historia. Retornado en cuanto le es posible, la presencia de aquello que le es propio se muestra de manera indiscutible. En consecuencia, decide dar el salto desde la Política Orgánica. Se presenta a las elecciones municipales, obteniendo la satisfacción de saberse digno de la confianza de sus vecinos, los cuales expresan esta confianza promoviéndole para que forme parte del Gobierno de su Villa de La Adrada. En la actualidad, compagina su profesión en el marco de la empresa privada, con sus aportaciones en el terreno de la investigación y la documentación, los cuales le proporcionan grandes satisfacciones, como prueba la gran acogida que en general tienen las aportaciones que como analista y articulista son periódicamente recogidas por publicaciones de la más diversa índole. Hoy por hoy, compagina varias actividades, destacando entre ellas su clara apuesta en el campo del análisis político, dentro del cual podemos definir como muestra más interesante la participación que en Radio Gredos Sur lleva a cabo. Así, como director del programa “Ecos de la Caverna”, ha protagonizado algunos momentos dignos de mención al conversar con personas de la talla de Dª Pilar MANJÓN. Conversaciones como ésta, y otras sin duda de parecido nivel o prestigio, justifican la marcada longevidad del programa, que va ya por su noveno año de emisión continuada. Además, dentro de ese mismo medio, dirige y presenta CONTRAPUNTO, espacio de referencia para todo melómano que esté especialmente interesado no solo en la música, sino en todos los componentes que conforman la Musicología. La labor pedagógica, y la conformación de diversos blogs especializados, consolidan finalmente la actividad de nuestro protagonista.

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